“Abogo por una resistencia de masas no violenta contra Israel”

por Ignacio Ramonet*
Entrevista con el líder palestino Mustafa Barghouti:
Ignacio Ramonet*

Su decidida opción por la lucha pacifista y su distancia de las posiciones fundamentalistas y de la corrupción que rodea a Al Fatah confieren al doctor Mustafa Barghouti un perfil singular entre los líderes palestinos. En esta extensa conversación despliega una inteligente, pormenorizada y penetrante lectura del prolongado conflicto que enfrenta a su pueblo con el Estado de Israel. (Entrevista realizada en Ramallah, Cisjordania, el 26 de marzo de 2008, releída y enmendada por el entrevistado.)

La situación de los palestinos sigue siendo muy difícil. Una parte de su territorio, según las fronteras de 1967 (Jerusalén Oriental y fragmentos de Cisjordania) ha sido anexionada de hecho por Israel. Las autoridades de este país continúan construyendo, con la justificación de proteger a su población civil contra los atentados, una imponente Barrera de separación que divide a menudo comunidades y familias palestinas. Mientras, decenas de miles de colonos israelíes prosiguen, bajo la protección de las fuerzas de defensa de Israel, su incesante instalación en Cisjordania.

Frente a estos problemas, los palestinos han adoptado tres actitudes. En Gaza, controlada por Hamas, y de donde los israelíes se retiraron por decisión unilateral en 2005, se apuesta por la resistencia armada y se siguen lanzando misiles artesanales contra ciudades israelíes que causan víctimas civiles y provocan contraataques mortíferos.

En Cisjordania, controlada militarmente por Israel, que mantiene en sus carreteras unos seiscientos puestos de control (checkpoints), gobierna Al Fatah, acusado por muchos palestinos de corrupción y de colaboración con el ocupante.

La tercera actitud –ni religión, ni corrupción– la encarna el doctor Mustafa Barghouti, secretario general de Iniciativa Nacional Palestina (INP), ex ministro de Información del gobierno de Unidad Nacional en 2007 y ex candidato a la elección presidencial de 2006, en la cual consiguió un tercio de los votos y llegó en segundo lugar, detrás del actual presidente Mahmud Abbas.

Conversamos con él en su luminoso despacho de Ramallah, en Cisjordania, desde cuyos amplios ventanales se avizora, en la cima de unas no tan lejanas colinas, la construcción de otra nueva colonia israelí...

El 14 de mayo se conmemoró el sesenta aniversario de la creación de Israel y de lo que los palestinos denominan la Naqba o catástrofe. A este respecto, ¿cómo valora usted las relaciones actuales entre Israel y los palestinos?

Tras sesenta años de desposesión, cuarenta y un años de ocupación, diecisiete desde la Conferencia de Madrid, quince desde los Acuerdos de Oslo, además de numerosas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, en especial la 242 (1967) y la 338 (1973), dirigidas a alcanzar una solución justa y duradera a estas décadas de conflicto entre Israel y Palestina, no soy optimista. Porque normalmente deberíamos estar acercándonos definitivamente a la paz.

¿No es éste el caso?

No, al contrario. Observamos cómo el problema se complica y se vuelve complejo debido a la intransigencia de las autoridades israelíes. Y eso independientemente de la actitud que adopten los palestinos. Éstos lo han intentado todo: resistencia armada, resistencia pacífica, participación, no participación, etcétera. No ha habido resultados palpables. La situación es cada día más difícil en Palestina.

Se olvida usted asimismo de la intransigencia de Hamas.

Efectivamente, se habla actualmente mucho de Hamas en los medios de comunicación. Pero Hamas no existía hace veinte años. Ni el Hezbollah libanés tampoco. Es Israel quien, de alguna manera, ha propiciado su creación debido a la actitud sistemática de enfrentamiento contra los palestinos. Si se quiere ser objetivo, hay que reconocer que tanto Hamas como Hezbollah son el resultado de la intransigencia israelí. Por el contrario, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) estaba dispuesta a dialogar y a solucionar el problema desde finales de los años ’80.

Pero los atentados no han cesado. Y es comprensible que la población israelí esté preocupada por su seguridad. ¿No cree?

Desde luego. Pero en calidad de médico, puedo afirmarle que uno de los peores errores que puede cometer un doctor es confundir los síntomas con las causas de la enfermedad. Si lo hace, corre el riesgo de matar al paciente. Ahora bien, en su política de propaganda, los israelíes confunden con mucha astucia los síntomas con las causas. Así, casi todo lo que los medios de comunicación difunden acerca del conflicto se refiere a la violencia. Pero se olvidan de decir que la violencia no es sino un simple síntoma, es la expresión de un malestar, una situación producida por algo distinto, por una causa. Y en pocas ocasiones se acuerdan de que el motivo, la causa de esta violencia es la ocupación israelí. Se olvidan de decir que –como fue el caso de Francia entre 1940 y 1944– la ocupación en sí misma es la peor de las violencias.

¿Piensa que la situación de los palestinos en estos momentos es parecida a la vivida por Francia bajo la ocupación alemana?

No, no quiero comparar situaciones que no son idénticas. Lo que quiero decir es que resulta evidente que la ocupación de Francia entre 1940 y 1944 no fue consecuencia de la violencia de la resistencia. Al igual que la violencia de los indios que se sublevaron en la India contra la ocupación colonial británica no fue la causa de aquella ocupación. Aquí, la ocupación es la causa. La violencia contra la ocupación sólo es un síntoma. No hay que mezclar los dos términos. Sin embargo, los medios de comunicación los confunden sistemáticamente.

Seguramente eso es debido a que los palestinos han cometido atentados especialmente execrables contra civiles israelíes.

Es una situación extraña y, efectivamente, trágica. Aquí, se les pide a los ocupados que garanticen la seguridad de los ocupantes. Es surrealista. Para explicar una situación muy simple –un país ha sido ocupado, sus habitantes se defienden contra los ocupantes– se ha llegado a embrollar de tal forma las cosas que la gente termina por entenderlo todo al revés: las víctimas son los agresores, y los agresores son las víctimas.

Se comenzó, en primer lugar, por confundir a los mismos israelíes, para después, poco a poco, hacerlo con el resto del mundo.

¿Cómo explica eso?

Porque en Israel existe un importante complejo militar-industrial. Parecido al que denunció, en Estados Unidos, el presidente Eisenhower en 1960.

Y este complejo militar-industrial se ha aprovechado de las guerras sucesivas de Israel contra los Estados árabes, así como del conflicto con los palestinos.

¿Cómo definiría este complejo?

Es mucho más sofisticado que su homólogo estadounidense. Se podría definir como un complejo militar-industrial-digital. Se alimenta de las sucesivas guerras, y cultiva los enfrentamientos así como la conflictividad en general, a expensas de los mismos ciudadanos israelíes, quienes son sus primeras víctimas. Israel es una potencia nuclear más importante que, por ejemplo, Francia, además de ser un Estado que se ha convertido en uno de los primeros exportadores de armas y de dispositivos de seguridad.

¿No exagera un poco?

Según las últimas estadísticas, Israel es el cuarto mayor exportador de armas del mundo, después de Estados Unidos, Rusia y el Reino Unido (1). Pero no se contenta con exportar armas. Israel exporta cada vez más dispositivos de seguridad electrónicos, sistemas de alerta y de defensa, técnicas de control, de vigilancia y de prevención, etcétera. Y desde los atentados del 11 de septiembre, como usted sabe, se han disparado las ventas de todos estos dispositivos.

¿Piensa de veras que Israel determina la política que aplica a los palestinos en función de la exportación de armas?

Sí, porque sólo si se analiza el crecimiento de su aparato militar se puede comprender la evolución de Israel. Al principio, entre 1920 y 1948, cuando Gran Bretaña administraba Palestina, existía la Haganah, una organización militar clandestina judía que permitió los primeros triunfos –por medio de atentados– contra los británicos. Y el grupo Stern que aterrorizaba a los palestinos. Se trataba entonces, en estas dos organizaciones armadas, de civiles que ejercían funciones militares. Después, con la fusión de las otras organizaciones, como el Irgún o el grupo Stern, se constituyó el ejército israelí. Se profesionalizó, y poco a poco los civiles dejaron de mandar sobre los militares. La situación incluso se ha invertido. Y ahora son los generales quienes han comenzado a dirigir la sociedad israelí.

¿Tanta influencia tienen los militares? Israel sigue siendo una democracia.

Sí, pero una democracia extraña en la cual los militares ejercen a menudo funciones clave. Piense, por ejemplo, en Ariel Sharon, Ehud Barak, Binyamín Netanyahú, Isaac Rabin o Menahem Begin. Todos son militares o proceden de organizaciones militares. Y todos han llegado a ser primeros ministros de Israel.

El ejército israelí desgasta a muchos oficiales y los renueva constantemente. Lo cual es bueno desde el punto de vista militar, ya que el cuerpo de oficiales generales se mantiene joven y domina las técnicas de guerra más novedosas. Pero la consecuencia de este rápido recambio es que el ejército jubila a un gran número de oficiales superiores. Éstos pasan a interesarse por la política. Y a menudo llegan a las más altas funciones. El ejército termina por ocupar muchísimos cargos políticos en el Gobierno y en la función pública. Y luego, cuando ya todos los puestos políticos se han cubierto, los nuevos generales jubilados buscan otras ocupaciones. De este modo han conseguido acceder a la industria armamentística y se ocupan de los sistemas de seguridad.

De la guerra como industria de exportación…

Exacto. Adquiridos en la guerra o en la represión, esos conocimientos se transfieren a empresas especializadas en la seguridad y en la prevención de agresiones o en el control de individuos. Las cuales los venden. Así es como Israel se ha convertido en uno de los mayores exportadores de sistemas de vigilancia y de seguridad. Dentro de esta misma lógica, se puede afirmar que de alguna manera utilizan Cisjordania y Gaza como auténticos laboratorios para experimentar y definir nuevas técnicas de control de individuos, para que posteriormente puedan ser exportadas.