Barack Obama

por Serge Halimi*
Serge Halimi*

Terminada la disputa por la candidatura demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Barack Obama parece abandonar algunos de los tópicos más esperanzadores de sus primeros discursos y virar más a la derecha para alcanzar su objetivo de ganar las elecciones. Algunos temas –el financiamiento de la campaña, la intervención estadounidense en el mundo, el apoyo a las posiciones más inflexibles del gobierno israelí– resultan preocupantes. No alcanza para confundirlo con el candidato del Partido Republicano, John McCain, pero sí para preguntarse si podrá cumplir con su promesa de renovar la esperanza del pueblo estadounidense y de todos aquellos que lo apoyan.

Barack Obama tiene suerte. Quiere suceder a uno de los presidentes más impopulares de la historia de su país, es joven, es mestizo, el planeta entero parece esperar que entre a la Casa Blanca. Parece, pues, mejor armado que otros para “renovar el leadership estadounidense en el mundo” (1). Es decir, rehabilitar la marca Estados Unidos, hacer más eficaces –porque más aceptadas y más acompañadas– las intervenciones de Estados Unidos en el extranjero.

Incluidas las intervenciones militares, especialmente en Afganistán: “Construiré un ejército del siglo XXI y una cooperación tan poderosa como la alianza anticomunista que ganó la Guerra Fría, con el objetivo de permanecer a la ofensiva en todas partes, de Djibuti a Kandahar” (2). Para aquellos que aún sueñan que un presidente “multicultural” nacido de un padre keniano señalaría ipso facto la llegada de un Estados Unidos new age y de un cortejo en el que todos los hombres del mundo bailan en ronda tomados de las manos, el candidato demócrata ya señaló que se inspirará menos en Pink Floyd o en George McGovern que de la política extranjera “realista y bipartidaria del padre de George Bush, de John Kennedy y, en ciertos aspectos, de Ronald Reagan” (3). El multilateralismo no es para mañana; el imperialismo será, sin embargo, más soft, más hábil, más concertado y, quién sabe, quizás un poco menos mortífero: no obstante, los ocho años de bloqueo a Irak durante la presidencia de William Clinton causaron la muerte de muchísimos iraquíes…

Barack Obama tiene talento. La audacia de la esperanza, su libro-programa, es una muestra de su mezcla de inteligencia histórica, de astucia, de “empatía” política por sus adversarios –“comprendo sus motivaciones y reconozco en ellos valores que comparto”–, de fórmulas sabiamente balanceadas que no resuelven casi nada pero satisfacen (casi) a todos, de humor, y de convicción. De convicción, pero temperada por un inquietante homenaje al ex presidente Clinton que habría “extirpado del Partido Demócrata algunos de los excesos que le impedían ganar las elecciones” (4). ¿Qué excesos? ¿El rechazo a la pena de muerte? ¿La ayuda social a los pobres? ¿La defensa de las libertades públicas? ¿El respeto por el derecho internacional?
Barack Obama tiene ambición. ¿Hasta dónde lo conducirá la ambición –por cierto legítima– de “ganar las elecciones”? Estos últimos meses parecen sugerir la respuesta: más a la derecha. De todas formas, no al punto de volverlo intercambiable con el republicano John McCain y de justificar la opinión de que “son todos iguales”. Pero ya bastante lejos del discurso progresista del principio de su campaña, y más lejos incluso de aquel que sus partidarios más idealistas creyeron escuchar. Ya que “Yes, we can” también devino en: sí, podemos criticar un fallo de la Corte Suprema, fuertemente conservador, que prohíbe la ejecución de violadores no culpables de asesinato; sí, podemos pronunciar frente al lobby pro-israelí un discurso en línea con las posiciones más inflexibles del gobierno de Ehud Olmert; sí, podemos asociar sistemáticamente creatividad y sector privado, podemos completar la misión de redefinición de progresismo lanzada por Clinton y Anthony Blair, podemos promover una alianza de clase en la que los empresarios y ejecutivos serían los actores clave.

Hay más situaciones perturbadoras. Animado por el caudal de contribuciones financieras que engrosan las arcas de su campaña, Obama acaba de dar un golpe severo, quizás fatal, al sistema de financiamiento público de las elecciones. Así, anunció que será el primer candidato a la presidencia desde el escándalo del Watergate en renunciar al pago por parte del Estado de un monto determinado (84,1 millones de dólares en 2008), que se le asigna a cada uno de los dos grandes rivales a cambio de la admisión de un techo de gastos equivalente a la suma recibida. El peso del dinero en política no es un problema menor en Estados Unidos. Obama dio señas de que no lo resolverá. Le quedan algunas ocasiones para no defraudar. Lo que también permitiría a los verdaderos amigos del pueblo estadounidense conservar… la audacia de la esperanza. ♦


REFERENCIAS

(1) Barack Obama, “Renewing American Leadership”, Foreign Affairs, Nueva York, julio de 2007.

(2) Ibid. Una ambición tal implicaría el incremento del presupuesto del Pentágono y la suma de “65.000 soldados y 27.000 marines” a las Fuerzas Armadas estadounidenses. “I will build a twenty-first century military and twenty-first century partnerships as strong as the anticommunist alliance that won the Cold War to stay on the offense everywhere from Djibouti to Kandahar.”

(3) Discurso de Greensburg (Pensilvania), 28-3-08: “The truth is that my foreign policy is actually a return to the traditional bipartisan realistic policy of George Bush’s father, of John F. Kennedy, of, in some ways, Ronald Reagan”.

(4) Barack Obama, The Audacity of Hope, Crown, Nueva York, 2006, p. 35: “He had wrung out of the Democratic Party some of the excesses that had kept it from winning elections”. Existe una edición en español: La audacia de la esperanza: reflexiones sobre cómo restaurar el sueño americano, Península, Barcelona, 2007.


*DIRECTOR DE LE MONDE DIPLOMATIQUE, PARÍS.