Reflexión a partir de cuatro experiencias artísticas en Miraflores
por Rodrigo Sarmiento Herencia
Creo que nunca se debe comenzar por pedir disculpas antes de hablar. Y aunque esta introducción vaya a pecar de ser explícitamente personal y pueda ser leído como una pequeña serie de excusas, cumple en realidad el rol de informar de dónde vienen las críticas que más adelante se expondrán. Para evitar el riesgo de caer en una descripción que encaje el modelo de parte policial, me presentaré como lo que soy y de ser posible en una manera muy objetiva (si es que en realidad se puede ser objetivo al escribir), presentación que le debo a los lectores dado que mi nombre recién si comienza a salir por escrito en algunas publicaciones.
Crecí en un ambiente familiar dedicado a cultivar el arte, lo que hizo que en mi vida la mayoría de escenarios fueran, ciertamente, escenarios con telón y público. He invertido muchos años en la música y el interés biográfico que ésta suscitó en mí me llevó a encontrar mi vocación dentro de la Historia del Arte, carrera que estudié en San Marcos. Algunos viajes y la vida misma me ayudaron a seguir sensibilizándome —para bien y mal—, encontrando en el arte el refugio eterno para mi práctica y, a partir de mi formación, para mi teoría. Estos encuentros y desencuentros terminaron encaminándome en la maestría que hoy sigo, en Estudios Culturales, dadas las evidentes inquietudes que devienen de quien decide dedicar su vida a la observación sentida de los fenómenos humanísticos que retratan la naturaleza de las sociedades.
Dicho esto, puedo ya ir a la pregunta que le da el título a este artículo: ¿Cómo el arte en el Perú perdió su poncho? Aunque había decidido seguir el consejo que el crítico de arte Jorge Villacorta me diera de no escribir de aquello que no te gusta (consejo que a su vez le dio el pintor surrealista Leslie Lee), no puedo dejar de expresar lo que siento a propósito de la situación en el Perú, particularmente en Lima, donde parece que el arte se echó a dormir como el diablo en las Tradiciones de Palma, perdiendo el poncho uno y con él su identidad cultural el otro.
Hace tiempo ya que las exposiciones huelen a guardado y el papel de los folletos pareciera ser reciclado. No faltan, es cierto, muestras que refrescan la escena, como tampoco faltan artistas que sigan construyendo esa parte de nuestra historia que no es un elefante blanco. No se deja de lado, tampoco, la premisa de que no todo es bueno, si es que este adjetivo resume acaso lo que una estética contemporánea y peruana debiera estudiar. El problema termina siendo de actitud; de la manera en que las instituciones manejan tanto las tradiciones y las formaciones para satisfacer un mercado donde las ofertas no responden a las necesidades a nivel macro, manipulando al grueso público que consumirá lo que le dejan mal servido en el plato.
Basta ver, pues, lo que fue la Noche en Blanco, intento fallido (pero aplaudido desde la tribuna municipal) de oficializar las artes callejeras para vender la idea de un estado vanguardista y occidental. Los organizadores, inspirándose en eventos que llevan el mismo nombre y se realizan en ciudades europeas, trazaron como meta “construir el diálogo en la calle”. La realidad fue otra. Si bien algunas intervenciones fueron brillantes —el recuerdo de la instalación que Carlos Runcie Tanaka hizo en la calle Esperanza bien podría ser suficiente para decir que la noche valió completamente la pena—, el arte no se apoderó masivamente de la calle, como tanto se publicitó. Poner un estrado gigante con potentes equipos de sonido, dos grupos musicales que, sin importar su calidad, no identificaban al público tan ávido de enriquecerse y ser parte de algo, procesiones de una papa gigante, grupos contratados de folklore, bomberos y hasta carritos de compras, no señalaron precisamente un camino abierto que invitara a los artistas a ese diálogo propuesto, convirtiendo todo en otro corso que Miraflores no necesita.
Dentro del mismo marco de disfrazar la ciudad para regalar la costosa imagen de modernidad que está muy lejos de representar la realidad de nuestro país, otras dos exposiciones se situaron en Miraflores. La primera se llamó “La Tierra vista desde el Cielo”, y ofrecía fotografías del artista francés Yann Arthus-Bertrand. Su intención era simple: exponer la diversidad natural del mundo y la incidencia de la acción humana sobre éste, mostrando en algunos casos el daño que el progreso ha ocasionado. El tema está de moda, así que la globalización exige que esta exposición no deje de presentarse en el Perú.
La segunda muestra llevó por título “El clima cambia, mi vida también”. Básicamente trata el mismo tema ecológico —igualmente, a través de fotografías pero acompañadas por testimonios de los mismos protagonistas—, situándose particularmente en cómo los cambios climáticos afectan a las poblaciones de las diferentes regiones del Perú. Tiene, pues, mayor sentido a la hora de educar y concienciar al público espectador, apelando a su sensibilidad para que se solidarice y, en el mejor de los casos, logre identificarse con algo que parece tan lejano pero está bajo nuestras propias narices. Este matiz conceptual del discurso de la exposición fundamenta que las fotografías respondan completamente a la estética instaurada por National Geographic, lo que equivale a la captura que un ojo ajeno y occidentalizado hace al sentir la escena “real”.
Finalmente, queda escribir sobre la muestra “Grandes Maestros: Rojas, Mérida, Urbano y Sánchez”, presentada por la TGP (Transportadora de Gas del Perú) en las galerías Miró Quesada Garland y Ricardo Palma, y muy bien curada por Giuliana Borea y Gabriela Germaná. La exposición discurre sobre la problemática alrededor de la valoración de las Artes Populares y reúne obras de cuatro de los más grandes artistas peruanos. El montaje es muy atractivo y sigue los modelos de las más contemporáneas muestras, en una inteligente forma de redimir lo oficial ante la verdadera esencia de un arte peruano de reconocimiento mundial.
En un tiempo donde las formas ya han sido agotadas y muchas veces dejadas de lado, seguir la discusión sobre la posición que debiera tener el Arte Popular frente al Arte Oficial no tiene sentido. No obstante, en nuestro medio artístico es más que necesario eliminar esos límites absurdos que se trazaron con tesis como el sistema de las artes del siglo XIX.
Estas cuatro experiencias artísticas de alguna manera me resumieron lo que es el arte peruano en nuestros días. Aunque la crítica que hago bien podría servir para otros momentos de nuestra historia del arte, decido limitarme a estos tiempos donde el error es cada vez menos perdonado. Si por un lado tenemos lo imitado, por otro lado aparece lo importado, luego lo enajenado y finalmente lo auténtico, vemos que la situación es por demás compleja.
Sea que se trata de establecer una imagen ante la cual comulguen todos los peruanos o que esa misma imagen sirva para encubrir la verdad y ofrecer una visión accesible a los visitadores, la cosa no está funcionando. En este dar gato por liebre es que se pierde el poncho. Para nuestra suerte, lo que no se ha acabado aún es la lana.♦