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La crisis vista desde China

por Tristan de Bourbon*, enviado especial
Los trabajadores migrantes de Chenghai resisten
Tristan de Bourbon*, enviado especial

Día tras día y al compás del desenvolvimiento de la crisis mundial, llegan noticias alarmistas acerca de China: industrias manufactureras en dificultades, cierres de fábricas por millares, decenas de millones de obreros migrantes desocupados. Sin embargo, la atenta observación de la realidad de Chenghai (provincia de Guangdong), uno de los centros de fabricación de juguetes chinos, permite una constatación mucho más matizada. Aunque afectado por los espasmos de la economía internacional, el crecimiento chino sigue siendo relevante.

Las calles del distrito de Chenghai zumban esta mañana de abril. Los mototaxis zigzaguean a contramano; las motos desafían la ley de la gravedad con sus pirámides de paquetes; las camionetas desbordan de montículos de juguetes, a veces sueltos, a veces sostenidos por redes; los camiones se inflan con cajas de cartón que serán entregadas en el puerto cercano o trasladadas por las rutas del país… El distrito administrativo de la ciudad de Shantou, ubicada en el extremo este de la provincia de Guangdong, hierve desde la salida del sol. Salvo en la pausa del almuerzo, que se toma invariablemente entre las 11:30 y las 13:30 y que a menudo es sinónimo de siesta, la intensidad de la actividad local no afloja hasta la puesta del sol, hacia las 18. Durante esos descansos, miles de obreros aparecen en la ciudad. A menudo en grupos de dos o tres, se divierten entre las góndolas de los centros comerciales, almuerzan sentados sobre cartones o en bancos, se duermen a la sombra de los árboles, juegan a las cartas o a los dados. En cambio, cuando las fábricas funcionan, se hace difícil cruzarse con siquiera uno de ellos. No hay el menor rastro de obreros en busca de trabajo, con un cartel de cartón indicando la especialidad colgado del cuello, enganchado en el manubrio de la bicicleta o apoyado en el piso frente a ellos, como indica la práctica nacional. Sin embargo, Chenghai está especializado en la fabricación y la comercialización de juguetes, la industria china más afectada por la crisis económica internacional, según dicen los expertos gubernamentales. Oficialmente, 3.000 fábricas producen juguetes allí; informalmente, entre tres y cuatro veces más.

Una joven aparece a la vuelta de una callecita, con un bebé de pecho en brazos. Su ropa –un par de jeans gastados, una campera de mala calidad, una remera de algodón y zapatillas de una anónima marca china– no deja lugar a duda sobre su origen y su profesión. “No trabajo en este momento porque estoy cuidando a mi hija, que tiene seis meses –explica Mei Lan, una obrera migrante oriunda de un pueblo de la provincia de Guangxi–. Obviamente, mi marido está en la fábrica. Yo no voy a tener ningún problema para encontrar otro trabajo. Las empresas de la región buscan tantos obreros que ahora aceptan que las madres jóvenes lleven a sus hijos al trabajo. Por el momento prefiero criarla yo sola, ya veré cuando esté en edad de dejarla en la guardería”.

Carteles de cartón, a veces grandes banderas de tela roja, aparecen colgados de las fachadas de la mayoría de las fábricas de Chenghai. “Buscamos obreros, hombres o mujeres, de cualquier oficio”, indica un cartel en una fábrica grande y nueva. “Buscamos hombres y mujeres para empezar hoy mismo”, especifica el anuncio de otro establecimiento, de dimensiones más modestas.

En las oficinas del gobierno municipal de Chenghai, un edificio gigantesco y lúgubre, los funcionarios no parecen muy sorprendidos. “Esos anuncios no son nuevos; algunos los pusieron hace varios años –asegura uno de ellos, que se niega a dar su nombre–. Fuera de Dongguan (ver recuadro), el trabajo de las fábricas de juguetes de la provincia de Guangdong no se vio muy afectado por la crisis; no tanto como a veces dice la prensa oficial o la extranjera. Aquí, algunas de esas fábricas funcionan a todo vapor desde hace varios meses, a tal punto que esos obreros no pudieron volver a sus casas para Año Nuevo. La aduana de la ciudad dice que durante enero y febrero de 2009 las exportaciones subieron un 18% respecto del mismo período de 2008. Por otra parte, no cerró ninguna fábrica de juguetes en Chenghai desde que empezó la crisis.”

Miradas menos optimistas

Esta última afirmación es confirmada por todos los directores de fábricas y obreros migrantes consultados. Sin embargo, los dueños de las fábricas moderan un poco la visión de la situación extremadamente positiva que plantea el representante local. “Chenghai se vio muy severamente afectado por la crisis internacional, y el que diga lo contrario miente –certifica el señor Wang, director de una pequeña fábrica construida en un viejo hangar con paredes de yeso que se niega a dar su nombre completo, como todos sus homólogos–. Hay que saber que, hasta este año, el 80% de los juguetes producidos en la ciudad estaba destinado a la exportación. La gran mayoría de las fábricas perdió pedidos internacionales, y por eso experimentó una gran ralentización en su actividad. Para compensar, tratan de volver a concentrarse en el mercado chino. Todo ello no impide que la industria del juguete todavía funcione relativamente bien. La prueba está en que yo mismo abrí mi fábrica hace apenas un mes: no lo habría hecho si no hubiera nuevos pedidos.”

El fundador y patrón de la fábrica y empresa de importaciones y exportaciones You Yi Toys afirma que “en 2008, algunos juguetes míos se vendieron de a veinte millones de unidades. Para encarar ese volumen de pedidos tuve que contratar a una cantidad enorme de obreros, aunque no le diré cuántos. Desde fines del año pasado, la situación es muy, muy dura. Así que hoy ya no empleo a más de trescientos”. Tras él, varios pintores, rodillo en mano, pintan las paredes de su primera fábrica. Aprovechó la baja en su actividad para renovarla y mandar a todos sus obreros a su nuevo establecimiento, construido a dos kilómetros de allí gracias a las ganancias embolsadas estos últimos años.

A pesar de esta caída, el salario por hora de los obreros de las fábricas de juguetes no disminuyó. “Varía entre 14 y 15 yuanes (entre 1,55 y 1,66 euros) por un turno de cuatro horas de trabajo, a lo cual a veces se suman premios para los más productivos –indica la directora de Meihua, una empresa de ubicación de obreros–. Los patrones de las fábricas a menudo proveen alojamiento gratuito y brindan un servicio de comida, por el cual los obreros deben pagar entre 100 y 120 yuanes (11,1 y 13,3 euros) por mes. Esta tarifa y estas prestaciones no se han movido mucho en el último año, no más de un yuan o dos. Sin embargo, eso no quiere decir que la crisis no haya tenido impacto sobre los ingresos de los obreros. Las fábricas cuyos pedidos disminuyeron no los hacen trabajar más de dos turnos por día en lugar de tres. Así que su salario disminuyó en esa proporción.” Todas las fábricas funcionan los siete días de la semana; la parte fija del salario de los obreros afectados por esta baja suma en promedio unos 900 yuanes (100 euros) por mes, contra los 1.350 yuanes (150 euros) que recibían hasta hace algunos meses. Los premios otorgados a los más productivos siguen siendo bajos.

Xu Hong se halla exactamente en esa situación. Oriundo de una aldea de la provincia de Henan, llegado a Chenghai hace cinco meses, hasta entonces ganaba entre 1.300 y 1.400 yuanes por mes. “Mi jefe acaba de anunciarnos que, debido a las fuertes bajas en los pedidos, nos pide que nos tomemos cuatro o cinco días de descanso, obviamente impagos. Así que estos próximos días voy a descansar y pasear un poco por la ciudad. No voy a buscar trabajo en otra parte porque estoy seguro de que voy a retomar el mío enseguida. Y además las condiciones de trabajo son más que correctas: todos los meses puedo mandar entre 700 y 800 yuanes a mi familia, que se quedó en la aldea.” En efecto, su empleador le ofrece alimento y una vivienda (ocho trabajadores en una habitación de nueve metros cuadrados).

La dimensión de las viviendas no siempre es tan reducida. “Para atraer y conservar a los obreros, tenemos que ofrecerles mejores condiciones de vida que en otros lugares –asegura en un buen inglés John X., uno de los jefes de Haipengda Plastic Toys, que, como los demás, sólo habla desde el anonimato–. Así que construimos un nuevo dormitorio donde viven, gratis, entre dos y tres por habitación.” Tras él, unos cincuenta obreros trabajan en quince hileras de máquinas. Los primeros vierten los materiales plásticos contenidos en grandes bolsas de yute dentro de un embudo que pende sobre sus aparatos. Así se funde el plástico y, pocos segundos después, tras múltiples chillidos mecánicos, una pistola de plástico verde, amarilla o roja aparece por el extremo de un tubo. Estos obreros no tienen cascos ni trajes protectores contra los productos químicos. No más que sus colegas que, sentados en minúsculos taburetes, se encargan de controlar la calidad. “Para encontrar nuevos obreros –precisa John– pedimos a los que trabajan aquí que averigüen entre sus amigos migrantes, o ponemos carteles en la puerta. Si eso no funciona, vamos a la oficina de empleos del centro.”

De campesinos a obreros

En efecto, hace varios años que las autoridades municipales vienen desarrollando un centro de búsqueda de empleo. Como lo muestra uno de sus siete empleados, la gente sin trabajo puede acercarse a completar formularios para pasar a integrar las listas destinadas a las empresas. Allí indican su nombre, número de teléfono, experiencia profesional, tipo de empleo buscado y salario requerido. “Los despidos fueron muy limitados: las fábricas quieren conservar a sus obreros bajo la manga, en caso de pedidos repentinos. Si en los trabajos de oficina los salarios no aumentaron estos últimos meses, incluso bajaron un poco, ése no fue el caso de las fábricas de juguetes. Nadie quiere trabajar allí porque la actividad es muy dura y los sueldos son bajos, ya que no exigen competencias técnicas o una capacidad física particular. Mire: durante los tres primeros meses del año hubo 253 ofertas de empleo y ¡ningún voluntario!” Las visitas a las fábricas confirman sus dichos: las mesas de ensamblaje o de verificación están ocupadas por hombres o mujeres jóvenes y por mujeres de unos cuarenta años. Los hombres de esa edad optan por los oficios de la construcción o algunos empleos textiles. Allí pueden obtener un salario cercano a los 3.000 yuanes (333 euros), o sea, entre tres y cuatro veces más alto que el de las fábricas de juguetes.

Los sábados, el centro se transforma en un mercado de trabajo. Las empresas pagan 100 yuanes para tener uno de los 22 stands donde pueden entrevistar a los desempleados, para quienes todo el asunto es gratuito. Todas las empresas presentes el sábado 4 de abril trabajan en la industria del juguete. El stand número 12 está ocupado por la empresa Yuike Electronics Limited, que exhibe el siguiente cartel: “Buscamos muchos obreros, sin diferenciación de sexo, con buena salud, responsables, de entre 18 y 40 años, para obtener un salario de entre 700 y 2.500 yuanes (78 y 278 euros). Se ofrece comida y vivienda; se propone habitación por parejas. Nuestra empresa posee un cibercafé, una biblioteca y una sala de deportes: queremos que los obreros que trabajan para nosotros tengan tiempo para el ocio. Teléfono: 855-18-888”.

Uno de los responsables del centro, que se niega a dar su nombre, admite sin embargo que más allá del día de mercado son poco frecuentes los migrantes que usan sus servicios: “Acá se ve más que nada a habitantes de Chenghai o de los demás barrios de Shantou. Los migrantes van directamente a las fábricas que exhiben sus ofertas de empleo o preguntan en sus redes de amigos migrantes”.
Feng Xu llegó a Chenghai de esa manera. Dos habitantes de su aldea de Guangxi, de regreso en casa durante las fiestas de Año Nuevo, le aconsejaron que fuera a trabajar a su fábrica de juguetes, donde consideraban que había condiciones laborales convenientes. “Llegué ayer a Chenghai. Hasta ahora era campesino, pero mi familia necesita dinero. Quiero ganar 1.300 yuanes (145 euros) por mes. Traje lo suficiente para mantenerme entre tres y cinco días sin trabajar, así que espero aprovechar para descansar y visitar la ciudad.” Mientras tanto vive con sus amigos en una habitación pequeña.

Cuando habla de su hogar, de su aldea, este migrante de 22 años señala que la mayoría de los hombres y de las mujeres jóvenes abandonó su tierra y a su familia para trabajar en fábricas o en empresas de construcción. ¿Nadie vuelve al pueblo? “Sí, escuché decir que los trabajadores migrantes regresarían a sus casas para Año Nuevo y que luego volverían a irse, porque no había trabajo en las fábricas del país. Pero puedo asegurarle que, en nuestra aldea y en todas las de mi región, ése no es el caso. Nadie sería tan estúpido como para quedarse a esperar en su casa.” Esta afirmación es repetida de manera idéntica por todas las personas consultadas.
“Hay migrantes que regresaron antes con sus familias porque no habían podido volver desde hacía dos o tres años, debido a la enorme actividad de sus fábricas –cuenta Cui Jian, un obrero de 24 años llegado de Henan–. Sabiendo que este año los pedidos bajaron, otros vinieron igual, unos días después del fin oficial de las vacaciones de Año Nuevo. El fenómeno se limita a eso; ningún migrante espera en su casa porque ahí no tiene nada que hacer, mientras que puede conseguir trabajo casi en cualquier lugar.” Cui Jian es formal: “Hablo tanto para Chenghai como para el resto de la provincia de Guangdong, el este o el norte de China. Tengo amigos migrantes en todos los rincones del país y cada tanto nos contamos las noticias, para conocer nuestras situaciones respectivas y sentir un poco la atmósfera general”.

Además de discutir una reducción sustancial de sus ingresos mensuales, la mayoría de los obreros de las fábricas de juguetes puede conversar por teléfono de la no aplicación generalizada de la ley sobre el contrato de trabajo. Entrada en vigor en agosto de 2008, dicha ley debía permitirles a los trabajadores gozar –a través de su empresa– de una cobertura social y de salud, derecho de desempleo y jubilación. “En Chenghai, ninguna empresa respeta la ley –explica Cao Yuanfang, una trabajadora migrante de 25 años venida de Hunan–. El gobierno central de Beijing no consigue que su política se aplique aquí. Los patrones no se meten con eso, pues nadie viene a controlar lo que hacen. Así que, si me enfermo, tengo que pagar todo de mi bolsillo.” Xie, el jefe de una pequeña compañía de empleos, matiza estas afirmaciones. “Efectivamente, aquí las compañías no le tienen miedo a nada; todas están protegidas por el gobierno local y el provincial, así que no respetan la ley. Sólo una lo hace: Audley, la empresa de juguetes más grande de la ciudad. ¿Por qué? Porque produce juguetes para marcas extranjeras de renombre, como Disney o Bandai. Por eso su política social está vigilada de muy cerca por sus clientes.”
El director de una pequeña fábrica confiesa, a su vez, que no respeta la ley ni paga las cargas sociales de sus empleados. Se levanta, entra a la sala de ensamblaje y estira el brazo en dirección a ellos. “No puedo ofrecer los salarios y las ventajas de las fábricas como Audley y sus más de 3.000 empleados. Con mis doce obreros, soy un enano al lado de ellos. Apenas saco un margen del 10%, mientras que nuestros clientes occidentales ganan al menos un 25%. Es más: como saben muy bien que en este momento todo el mundo tiene menos clientes, negocian los precios con más dureza.” Toma aliento. “Y no olvide que si los gastos de las fábricas como las mías fueran más altos, las tarifas de venta a los importadores occidentales lo serían en igual medida. Como resultado, ustedes nunca recibirían juguetes tan baratos. ¿Y acaso los padres de los niños de su país pueden comprar juguetes de grandes marcas?” Con una sonrisita de costado, vuelve a sentarse frente a su escritorio y pone a calentar el agua para su té verde. ♦


*PERIODISTA.

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