por Fernando de la Flor A.*
Uno de los grandes males de nuestros gobiernos es la falta de continuidad. Otro de los males – más nefasto – es la ausencia de reconocimiento de que las cosas en los gobiernos anteriores se hicieron bien. La demagogia dejará de existir y las buenas maneras se instaurarán en el quehacer político de nuestros países cuando estos dos males se destierren.
El presidente Alan García ha invocado a dejar de hacer demagogia en el Perú, ha señalado la conveniencia de abandonar la vocación de detenerse en lo mínimo y de destacar escándalos intrascendentes; ha insistido en la necesidad de dejar de ser mezquinos, en suma, al tiempo de indicar que lo importante es mirar hacia adelante, buscando el encuentro con un futuro propicio, ha vuelto a estimular la autoestima nacional, en discursos grandilocuentes, reiterando que “sí se puede”, que hay que ser positivos y que el país está por buen camino.
No hay duda de que la función de alguien que dirige es transmitir un mensaje de optimismo; destacar permanentemente que las cosas, no obstante las naturales dificultades, están haciéndose apropiadamente y que los buenos resultados obtenidos son cada vez mayores y alcanzan a más ciudadanos. Claro que no porque se sostenga esto, o se diga aquello en estructuradas piezas oratorias, la realidad va a cambiar. Las cosas son lo que son y las palabras –aun las bien dichas- no las van a modificar.
Si alguien –como el presidente Alan García– sostiene que no hay que ser demagogo o que hay que soslayar el reiterado recurso de comportarse como un mezquino, pues la realidad debe corresponder a ese comportamiento, la coincidencia entre las declaraciones y los hechos debe verificarse para ser genuina. Caso contrario, la contradicción es letal: confirmaría la inautenticidad de la declaración, la falsedad del discurso, la mentira de la invocación.
Y es que demagogo es aquel que insufla halagos exagerados a su auditorio; quien enciende pasiones con discursos agitadores. No usar la demagogia es dejar de hacer exactamente eso: no estimular las emociones para privilegiar la racionalidad.
El presidente Alejandro Toledo, después de una difícil, incomprendida e inacabada transición democrática, entregó el Perú, al cumplir su mandato, en franco crecimiento y con volúmenes de inversión favorables y sin antecedentes, con niveles de superávit dignos de elogio, con acuerdos de libre comercio concluidos y pendientes de simple formalización -como el de los Estados Unidos de América- , en definitiva, el país, al término del gobierno del presidente Toledo, a pesar de sus seculares dificultades y sus múltiples problemas, estaba estable y tenía buen pronóstico. No obstante el permanente cuestionamiento político, probablemente debido a la fragilidad de su sistema institucional, el Perú se encaminó hacia el inédito proceso en el cual se encuentra.
Ese fue el Perú que recibió el presidente García al asumir su mandato: con niveles de crecimiento por encima del promedio de la región; con las arcas fiscales cubiertas de recursos para destinarse a inversión productiva y promoción social; con estabilidad macroeconómica, sin inflación ni turbulencias cambiarias, en definitiva, un país enrumbado.
¿Hubo algún reconocimiento, algún gesto de elogio, de gracias, del presidente García a Alejandro Toledo ante la situación descrita? Ninguno. Al contrario, se inició un inexplicable proceso destinado a dañar su imagen, incluyendo imputaciones indiscutiblemente mezquinas.
En el mismo sentido, en uno de sus frecuentes discursos en los que el presidente García cree que cambia las cosas con las palabras, se refirió a los servidores públicos a los que calificó de indiferentes e insensibles con la patria, llegando al extremo de disponer que aquellos funcionarios que no cumplan con su deber o sean encontrados responsables de algún acto contrario a sus obligaciones, deberán ser literalmente botados “a patadas” de su trabajo.
Y para no desentonar con el concepto demagógico que tanto se pide no usar, el mismo presidente García acaba de invocar a los pueblos del interior (aquellos en los que su nivel de aprobación está en apenas 7%), a que vaya a buscar a sus casas a las autoridades regionales y municipales que no cumplan sus promesas, inyectando un grado más de inquietud a la difícil estabilidad social que se viene generando actualmente.
En ese contexto, llama a reflexión la repetida invocación presidencial en el sentido de que en el Perú debemos inaugurar una nueva época de mirar al futuro con optimismo, sin pequeñeces ni bajezas, augurando nuevos tiempos.
Como dice el conocido y trillado adagio popular: no sólo hay que serlo sino parecerlo. Para que el mensaje del presidente García parezca genuino, a fin de que eventualmente su invocación no sea demagógica sino auténtica, será menester escuchar de él un reconocimiento, unas gracias, un elogio, al gobierno de Alejandro Toledo; unas disculpas públicas a los servidores del Estado y una inmediata rectificación a aquella invitación para que se amenacen los hogares de los alcaldes y presidentes regionales del Perú.♦
*EDITOR-CONSULTOR JURÍDICO DE LE MONDE DIPLOMATIQUE, EDICIÓN PERUANA