Abelardo Sánchez León. Editorial Alfaguara, 230 páginas.
A menudo se suele relacionar la obra de Sánchez León con la poesía. Sin embargo, se suele olvidar que es un escritor bastante multifacético, con exploraciones en diversos géneros literarios. Este factor puede explicar el registro que utiliza en su última novela, El hombre de la azotea, que si bien no escapa de lo narrativo, nos lleva por cauces menos explorados como el del diario íntimo.
El texto no se presenta al lector como ficcional: no existe ningún elemento paratextual, como un prólogo o una introducción, que lo etiquete de novela. Es más bien presentado como un conjunto disperso de informes que Gustavo Ibáñez redacta para su trabajo en una ONG. Sin embargo, dichos informes no abordan directamente los temas laborales sino que se convierten en una suerte de diario íntimo: el narrador-personaje cuenta sucesos y experiencias personales significativas de su vida.
A medida que el lector avanza en la obra descubre que Ibáñez se encuentra encerrado en la azotea de su casa desde donde redacta sus últimos informes, en los que ya se encuentra enfermo, mental y físicamente. La novela en su conjunto narra cómo llega a tal estado: fracasos laborales, infidelidad de su esposa, inseguridad y falta de ambición.
El hombre de la azotea es entretenida por momentos, formalmente interesante y el universo que construye a menudo nos hace recordar las pesadillas burocráticas kafkianas (El proceso o El castillo). Sin embargo, es una obra un poco insulsa: el protagonista es un personaje poco convincente, su locura y obsesión no alcanzan un desarrollo narrativo de contundente intensidad. Por ello, la novela puede llevarnos a una lectura inmersa en un tedio cotidiano, una comodidad sin riesgos, que no siempre consigue sacudirnos y emocionarnos.










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