El Poder del sexo. El Sexo del poder.

por por María Paz de la Puente*
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por María Paz de la Puente*

Para poner el acento en la interacción y la mutua influencia del sexo y el poder, hemos jugado con el peso específico de ambos conceptos. El Poder del sexo enfocará los aspectos que hacen de la sexualidad una dimensión suprema, colocándola en la cúspide de lo más de¬seado. Desde ese entronamiento, puede no solamente gobernar, seducir o someternos, sino constituirse en un impulso para vincularse con otros. El Sexo del poder, explorará las dimensiones y las raíces femeninas y masculinas del poder.

El Poder del sexo

“Todo remite al sexo, excepto el sexo mismo; el sexo remite al poder… A veces, el sexo remite al sexo!” decía irónicamente Robert Michels (6) p.134

Caravaggio, Narcio. Galeria Nacional de Arte Antiguo, Roma. Óleo. 1594-1596. La sexualidad tiene el poder de producir placer, orgasmo y éxtasis. ¿Es posible no convertirse en su esclavo? Expande al yo, al sentimiento de sí y es una fuente de autonomía. Y aún más: la sexualidad tiene el poder de procrear. Crear otros seres humanos. Y por si fuera poco, el impulso sexual tiene el poder de impulsarnos en búsqueda de un vínculo con otro ser. ¿No es mucho pedir que no caigamos rendidos ante el poder de la sexualidad?

El poder, ¿un icono sexual? ¿El poder es “sexy”? ¿Por qué el poder excita a todos, tanto al que lo detenta como al que es seducido por él? ¿Qué sucede cuando Eros y Narciso se despiertan con el aroma del poder? Cuerpo y egocentrismo, engrandecimiento del yo, narcisismo y borrachera de autosatisfacción. Los poros se abren, las pupilas se dilatan, se está más atento y susceptible a los halagos. El poder enmascarado es capaz de levantar represiones dejando salir los aspectos más infantiles de la persona.

La sexualidad del líder puede surgir sin límites porque, al despertarse su omnipotencia, el yo cree que tiene mayor autoridad y seguridad para dejar salir lo previamente reprimido. El temor o la vergüenza caen ante la elación del propio yo y la imagen de sí mismo engrandecida. Es el líder, tiene el poder, es casi Dios: la imagen idealizada del padre, el Tótem de la horda primitiva (4). Lo vemos, por ejemplo, en algunas personas que tienen cargos públicos de importancia, o dentro del ámbito familiar, en aquel miembro de la pareja que juega ese rol.

En la fantasía del observador o del súbdito, el poderoso lo puede todo. Todo. Se le proyectan fantasías sexuales y agresivas, deseos de gloria y placer. Se le cree capaz de los actos libidinosos más prohibidos. Sus elecciones sexuales son idealizadas y por lo tanto deseadas y envidiadas. Se quiere volar con él. Sin embargo, esto no es gratis. Hay que pagar un precio, un peaje: quien está en el lugar de adorador pierde su autonomía, deja en prenda su identidad, cae víctima de las fantasías de la omnipotencia infantil. También el adorado se rinde ciegamente ante su propia imagen engrandecida.

Cuando el niño y luego el adolescente descubren su capacidad de producirse placer y la autonomía sobre su propio cuerpo, independientemente de los actos de otras personas sobre ellos, se sienten poderosos, casi invencibles. La elación del orgasmo es un refugio y una fuente de gratificaciones reales o fantaseadas para toda la vida. En consecuencia, el cuerpo sexuado es idealizado.

La vivencia de mayor o menor poder estará determinada por la manera de ejercer la vida sexual que no sólo radica en si es placentera o no.

Otra fuente de poder proviene de lo que sentimos acerca de nuestro ser físico y nuestros órganos sexuales. ¿Nos gustan? ¿Les gustan a otros? El orgullo que nos produce nuestro propio cuerpo está asociado a una sensación de poder mientras que la vergüenza que nos genera se asocia a un sentimiento de debilidad o ausencia de poder.

Señala Ethel Person que, dada la correlación evolutiva que existe entre placer sexual y poder, no debería sorprendernos que a la falta de erección del hombre se la llame “impotencia”, o sea, falta de poder. En la mujer, la falta de respuesta orgásmica se denomina “frigidez”, término que parece aludir no tanto a la pérdida del placer sexual de la mujer misma sino más bien al hecho de que ella le falle al hombre. La palabra ‘frigidez’,que significa ‘fría’, (no ‘impotente’), podría ser más una acusación que un diagnóstico. (7) p. 167

En el imaginario social e individual quien tenga mayores atributos sexuales, índice de un mayor goce erótico, será considerado más poderoso. Seducirá e inclusive será amado. Nuestra cultura ha idealizado el cuerpo erógeno y sensual que parece decir y prometer: “porque gozo, soy poderoso y más aún, yo puedo hacerte gozar”. El goce puede trascender los límites de la sensación de finitud y producir fantasías de inmortalidad y potencia perpetua. En ese sentido el sexo está al servicio de la dominación y de la seducción que se agota en sí misma. Lo que importa es la conquista del objeto supuestamente potente.

De poderes y de dominios. A lo largo del desarrollo, las fantasías masculinas de dominio sexual tienen un rol defensivo para resguardarse de diversas heridas al propio yo, inclusive la de ser más pequeño que su principal competidor: el padre u otros hombres.

La mujer ejerció un poder oculto, más sutil. Casi a escondidas. Ahora lo ejerce cada vez más abiertamente, tanto en el ámbito sexual como en las relaciones laborales, políticas y públicas. El hombre ha sido socializado, educado y estimulado para que su masculinidad y autoestima se vean realzadas por su ejercicio del poder. La mujer parece sentir a veces, aún hoy, que en las posiciones de poder hay en juego mucho más, y quizá se sienta incómoda con los riesgos que el poder conlleva. Entre ellos, el más evidente es el posible temor de ser despojada de su feminidad o de perder su sex appeal. Por eso tiende a colocarse en situaciones masoquistas para preservar al hombre idealizado. La necesidad de conservar una relación dependiente con el padre idealizado puede llevar a una mujer a negarse a cuestionar a un hombre cuando corresponde. O a buscar relaciones de pareja en la que suelen ser maltratadas, o cercenar de varias maneras su capacidad de goce sexual y vital, expiando así la culpa de haberle “quitado” el poder al hombre y haber superado, en la fantasía edípica, a su propia madre y hermanas. Esta es sólo una forma de vínculo en la que los roles están polarizados pero las combinaciones vinculares son obviamente complejas y variables según cada individuo.

Con frecuencia, las relaciones eróticas están marcadas por una separación entre lo tierno y lo sensual. Al respecto, Glocer de Fiorini, afirma que “sabemos que la escisión entre lo tierno y lo sensual en el hombre responde a una fijación incestuosa. Se preserva absolutamente la imagen materna a través de la corriente tierna, aunque reaparece degradada como mujer en la corriente sensual. Si incluimos la dimensión del poder como otra categoría, ¿no estará presente en aquella escisión el “horror” a quedar sometido a la madre pre-edípica, todo poderosa?... Amenaza a la pérdida de potencia, a la feminización” (5) p. 89.