Estrategias industriales y periodismo del futuro

por Hervé Le Crosnier*
Cómo “la computación en nube” cambia las reglas del juego
Hervé Le Crosnier*

En muy poco tiempo, el mundo digital podrá organizarse según un extraño modelo: la “computación en nube”. El almacenamiento y los cálculos realizados por las computadoras personales migrarán hacia enormes centros de procesamiento controlados por los gigantes de internet. Este fenómeno incrementa el riesgo de la dependencia tanto para los usuarios comunes como para las grandes empresas.

Como un fluido vital, en nuestra sociedad la información digital está en todas partes: circula en las redes, se exhibe en las pantallas, se oye en los teléfonos celulares… Todos los artefactos materiales que en otra época estaban asociados a nuestras prácticas de acceso a la información –libros, diarios, discos, carteles, cuadros, álbumes de fotos– ceden terreno ante las herramientas electrónicas. Las empresas también se convierten a lo digital. Órdenes de pedido, facturas, seguimientos de envíos, archivos contable y legal, documentación de los productos, relación con el cliente: el ciclo de vida del documento administrativo se convierte, en la mayoría de los casos, en un circuito informático.

Se habla de “desmaterialización” para referirse a esa separación entre el soporte físico y el contenido. Pero la expresión es ilusoria: toda esa información tiene que estar almacenada en algún lado, los tubos tienen que estar enterrados en algún lado, los cables deben ser instalados en el fondo del mar… Más que a la desaparición del soporte material, se asiste a su transformación. Se trata de una de las grandes cuestiones que se juegan en las batallas actuales: ¿quién va a concentrar la administración de la información en los centros de procesamiento de datos, quién va a ofrecer a los particulares y a las empresas herramientas de almacenamiento y de difusión? ¿Quién, a fin de cuentas, proveerá capacidad de cálculo para todas las operaciones de “procesamiento de información”?

La era digital no se molesta en localizar los datos. Nadie puede decir en qué disco rígido están almacenados una fotografía del sitio de imágenes on-line Flickr o un video de YouTube. Ni qué microprocesador está trabajando para uno. Cada vez más, esos procesamientos y esos datos abandonan el microprocesador familiar para unirse a centros remotos, a los que los usuarios acceden a través de internet de alta velocidad.

¿¡Dónde están mis datos!?

Esta arquitectura lleva el nombre de cloud computing (“computación en nube”): los datos están repartidos en una nube de máquinas, conformada por los cientos de miles de computadoras-servidores que tienen los gigantes de la web. Como la información está grabada con varias copias en la nube, es posible repartir los cálculos para evitar las congestiones informáticas. Gracias a la nube de servidores, cada técnico informático dispone de una capacidad de procesamiento ampliamente superior a la de su propia máquina, e incluso mayor a la potencia de los centros de procesamiento clásicos de las empresas y de las instituciones. Así se explica la rapidez de transcodificación de los videos de YouTube y la capacidad del sitio para mostrar varios miles de millones de videos por mes (1). Gracias a las nubes de servidores, el correo electrónico puede leerse y archivarse a distancia, en Google Mail u otras aplicaciones que se proponen como servicios. La cloud computing también favorece nuevas formas de tercerización. Por ejemplo, el vendedor de productos culturales on-line Amazon propone a las empresas y a los particulares un panel de servicios: espacio informático suplementario para un uso puntual, almacenamiento de datos on-line, acceso a estadísticas de venta, motores de búsqueda especializados. The New York Times recurrió a este tipo de servicio para procesar todos sus archivos desde 1851 y publicarlos en su sitio en formato PDF (2). Una operación imposible de realizar con sus propios servidores.

El modelo aún no está terminado, pero la competencia ya hace furor entre los aspirantes al título de rey de las nubes. Google, Yahoo y otros mastodontes de internet disponen de cientos de miles de servidores poderosos y rápidos, repartidos en muchos centros de procesamiento de datos o instalados como tercerización en prestatarias especializadas. Así, pueden abrir esta infraestructura a otros actores, que aligeran su gestión mediante la externalización de sus centros informáticos. Es así cómo, en un sector en pleno desarrollo, se forma una cadena industrial como las que conocemos en otros ámbitos. Pero esa nueva concepción de la informática requiere una fuerza de trabajo y herramientas adecuadas. Formar la una y forjar las otras concierne también a las universidades y los centros de investigación con los cuales las multinacionales de internet se ocupan de establecer vínculos, con la esperanza de que de allí surjan softwares capaces de administrar gigantescos conjuntos de computadoras y memorias, así como métodos de procesamiento adecuados.

IBM y Google se aliaron para proponer una nube de servidores a universidades estadounidenses, para que estas últimas desarrollen su savoir-faire en materia de programación paralela (3). IBM aporta servidores especializados y su conocimiento del mercado empresarial; Google, las herramientas para el gran público, el savoir-faire y, por cierto, la mayor nube de servidores del planeta. Esta alianza explica el riesgo que está asumiendo Hewlett-Packard, rival de IBM, al comprar EDS (una empresa de servicios y de ingeniería informática) por 13.900 millones de dólares (4). Un negocio más peligroso en la medida en que los costos de integración de los efectivos serán altos: se calculan unos 140.000 empleados de EDS y unos 172.000 de HP. Poco importa: para los partidarios de esta fusión, el futuro pertenece a los servicios y no a la venta de material.

Porque las nubes de servidores y su infraestructura sólo rentabilizarán los capitales invertidos con una condición: lograr que la mayor parte de las actividades informáticas migren a la red, tanto para los individuos como para las empresas. Hasta ahora, la máquina apoyada en el escritorio necesitaba, para funcionar, programas de gran tamaño, una memoria de elefante y una importante capacidad de procesamiento. Al “externalizar” estos tres elementos hacia prestatarias especializadas a las que se puede acceder por internet, la computadora personal se aligera y se convierte en una simple terminal de trabajo. Cuando el usuario desea trabajar en un texto, el programa adecuado que se activa no está instalado en su computadora sino que se encuentra en un servidor ubicado en algún lugar de la nube. Así, se habla de “software as a service” (SaaS, software accesible a distancia) e incluso de “platform as a service” para designar esa redistribución de los mapas de la industria informática alrededor de la red y de las nubes de servidores (5). Este enfoque permite desviar hacia la web las actividades cotidianas, de la ofimática a la administración de álbumes de fotos, ya que la conexión permanente, a un precio fijo y a alta velocidad ofrece comodidad de uso y estabilidad presupuestaria.

Lucha de empresas

Aunque la cloud computing en un principio fue testeada en particulares, actualmente se trata de que las empresas la adopten. ¿Qué está en juego? La externalización pura y simple de los servicios informáticos. Aunque siguen siendo reticentes a confiarles sus datos a un tercero, las empresas comprenden que la administración, el almacenamiento y la disponibilidad permanente de los servidores y del flujo de información incluyen criterios de eficacia, pero también que este oficio, muy técnico, escapa cada vez más a las posibilidades de los centros servidores de pequeñas dimensiones.

Las experiencias con usuarios individuales pusieron en evidencia el riesgo de una “balcanización” de los accesos: cada operador de nube intenta conservar “sus” usuarios, disuadiéndolos de probar los servicios de la competencia. Quien quiera cambiar la prestataria de álbumes de fotos o de mensajería electrónica se encontrará con un camino sembrado de trampas. Pues para esos operadores, más que los beneficios a corto plazo de la publicidad o los servicios pagos, es el “lifetime value” (rentabilidad estimada que un usuario puede producir para una empresa) lo que constituye el verdadero Grial. Se trata de evaluar lo que un cliente fiel puede aportar si se multiplican los servicios y las ofertas en los diferentes ámbitos de su vida.

Como sucede con las propuestas de servicios “gratuitos”, las alianzas de empresas que proponen una amplia paleta de funcionalidades encierran algunas trampas: hay que volver al servicio on-line cada vez para consultar los archivos del correo electrónico propio o para actualizar el álbum de fotos. Atraídos por la gratuidad, los clientes pueden perder allí su autonomía. Si, por ejemplo, el único procesador de textos del que se dispone es provisto por una plataforma on-line, uno deberá conectarse a ese sitio para abrir un documento o escribir. Y en caso de que se corte la red, no quedará más remedio que empuñar lápiz y papel… La cloud computing refuerza innegablemente la influencia de las prestatarias. Esta situación enfría el entusiasmo de las empresas y preocupa a los gobiernos, sobre todo porque la cuasitotalidad de los agentes de cloud computing son estadounidenses (6).

La independencia de las personas, las empresas e incluso las naciones no se mide ya solamente por el territorio, la geografía y el espacio colectivo, sino también por las relaciones que mantienen con esas nuevas fábricas de producción “inmaterial”. Estas empresas emergentes administran a la vez los datos, las identidades de los individuos y sus necesidades. Tampoco se privan de ofrecer estos perfiles a los anunciantes publicitarios y otros actores del tráfico de influencia, como demuestra el lugar preponderante que en pocos años adquirió Google en el mercado de la publicidad. Aparece una nueva noción de la “pertenencia”: los debates entre los ciudadanos que forman “comunidades por destino” ya no tienen lugar (o por lo menos no solamente) entre ellos, sino que se producen entre “usuarios”, individuos o empresas miembros de “comunidades por elección” organizadas en torno a su consumo y su dependencia informática de los dueños de las nubes.♦


REFERENCIAS

(1) El Instituto ComScore calcula que, sólo en Estados Unidos, en marzo de 2008 se vieron 11.900 millones de videos.

(2) Derek Gottfrid, “Self-service, Prorated Super Computing Fun!”, http://open.blogs.nytimes.com, 1-11-07.

(3) Dan Farber, “The IBM-Google connection”, Cnetnews.com, 1-5-08.

(4) “HP rachète EDS, numéro deux mondial des services informatiques”, www.zdnet.fr, 13-5-08.

(5) “Sacudidas tectónicas en internet”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2008.

(6) “À propos des services gratuits sur le Web, commentaire sur une note du CNRS”, www.a-brest.net/article3944.html, 30-4-08.


*INVESTIGADOR EN LA UNIVERSIDAD DE CAEN.