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La explosión del desempleo

por Ignacio Ramonet*
Los efectos sociales
Ignacio Ramonet*

El mundo vive tiempos sombríos. Trabajadores de todo el planeta sienten en carne propia la violencia del estallido de la burbuja financiera de Wall Street que ha llevado a la recesión a las principales economías mundiales. Al aumento brutal del número de desocupados se suman el avance del nacionalismo económico, brotes de xenofobia y la radicalización de las protestas sociales. Un cambio de era, aún incierto.

Hace falta repetirlo: la crisis aún no ha tocado fondo. Y las próximas noticias van a ser peores. Las Bolsas siguen desplomándose. Los planes de rescate fracasan uno tras otro; no logran impedir que las principales economías del mundo –Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, España– entren en recesión. Grandes o pequeños, todos los bancos se hallan hoy en situación objetiva de quiebra. Si no se nacionaliza la banca de manera urgente y en bloque, el sistema financiero occidental podría perecer.

Lo más grave es que esta nueva fase de la crisis arrastrará a algún país en su caída. Por ejemplo Irlanda, inmersa en una grave recesión, con un sector bancario muy vapuleado y un déficit público que podría elevarse hasta el 11% del PBI. Otros países (Letonia, Lituania, Ucrania, Pakistán) podrían declararse en quiebra.

El huracán económico se ha llevado por delante una cuarta parte de la riqueza mundial. Y está provocando, en casi todo el planeta, el cierre de fábricas, la explosión del desempleo, una escalada proteccionista y la radicalización de las protestas sociales.

Causa de pobreza, de angustia y de exclusión, la lepra del desempleo se extiende. En Estados Unidos, la recesión ha destruido 3,6 millones de puestos de trabajo, a un ritmo nunca visto. La mitad durante los últimos tres meses. El total de desocupados asciende ya a 11,6 millones. Y firmas gigantes como Microsoft, Boeing, Caterpillar, Kodak, Pfizer, Macy’s, Starbucks, Home Depot, Sprint Nextel o Ford Motor planean desprenderse de 250.000 asalariados en 2009. La confianza de los consumidores se ha desplomado.

En China, la caída de las exportaciones provoca el hundimiento de la producción fabril y despidos masivos. Más de 20 millones de trabajadores venidos del campo han perdido su empleo. En India, entre octubre y diciembre de 2008, se destruyeron medio millón de puestos de trabajo.

En Francia, una cifra resume la magnitud del seísmo: el número de horas de paro forzoso pasó de 200.000 en enero de 2008 a 13 millones en diciembre (1). Ya hay más de 2,5 millones de desocupados. Y para los menores de 25 años, el aumento de la tasa de desempleo alcanzó, en 2008, el 20%...

En España, durante el pasado mes de enero, el número de cesantes aumentó en casi 200.000 personas; y el total de desocupados sobrepasa ya los 3.320.000. En 2009, el desempleo afectará a unos 850.000 trabajadores más, con lo cual la suma de desocupados superará los cuatro millones… Más de 827 mil hogares cuentan con todos sus miembros desempleados…

En la Unión Europea, el número de desocupados es de 17,5 millones, 1,6 millones más que hace un año. Y para 2009 se prevé la pérdida de 3,5 millones de empleos. En 2010, la desocupación escalará hasta el 10% de la población activa.

En América del Sur, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en 2009, se registrará un aumento de 2,4 millones de desempleados. Si bien los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay), así como Venezuela, Bolivia y Ecuador, podrían capear el temporal, varios Estados centroamericanos, México y Perú, sufrirán por sus lazos con la economía estadounidense.

El director general de la OIT, Juan Somavía, estima que el número de desempleados en el mundo (190 millones en 2008) podría incrementarse en 51 millones más a lo largo de 2009. Y recuerda que los trabajadores pobres (que ganan apenas dos euros diarios) serán 1.400 millones, o sea el 45% de la población activa mundial (2).

Esta brutal explosión del desempleo provoca naturalmente el retorno del nacionalismo económico. Rusia decidió elevar el gravamen para los coches importados e introdujo aranceles a la carne de ave y de cerdo. Ecuador lo ha hecho para los teléfonos celulares y el material de transporte. India ha anunciado que prohibirá durante seis meses la importación de juguetes de China. Argentina e Indonesia han creado nuevos aranceles para limitar algunas importaciones.

Grecia ha prohibido a sus bancos que socorran a sus sucursales en otros países balcánicos. Estados Unidos ha decidido apoyar a las Big Three (Chrysler, Ford, General Motors) de Detroit, pero sólo para que salven sus plantas en el país. No ayuda a las multinacionales extranjeras (Toyota, Kia, Volkswagen, Volvo) instaladas en su territorio. Francia y Suecia han anunciado que condicionarán las ayudas a sus industrias automotrices: sólo podrán beneficiar a centros ubicados en sus respectivos países. La ministra francesa de Economía, Christine Lagarde, declaró que el proteccionismo podía ser “un mal necesario en tiempos de crisis”. El ministro español de Industria, Miguel Sebastián, llamó a “consumir productos españoles”. Y en Alemania, gran país exportador, una encuesta reciente reveló que el 78% de los empresarios de pymes eran favorables a medidas proteccionistas (3).

Este auge del nacionalismo económico está provocando brotes de xenofobia. En el Reino Unido, uno de los países más golpeados por la crisis, con unas previsiones de reducción de la actividad del 2,8%, miles de obreros del sector de la energía, gritando la consigna “UK jobs for British workers!” (“¡Empleos británicos para trabajadores británicos!”), se declararon en huelga contra la contratación de trabajadores portugueses e italianos en las obras de la refinería Total de Lindsey (Lincolnshire). Al mismo tiempo, en ese mismo país, cientos de miles de polacos eran “exhortados” a regresar a su tierra natal. Algo similar ocurrió en Irlanda, donde el sentimiento antipolaco crece a medida que aumenta el índice de desempleo. En Italia se está expulsando sin miramientos a los rumanos. Y en todas partes se cuestiona el derecho de residencia de los inmigrantes legalmente establecidos.

En numerosos países, grandes empresarios o banqueros que reclaman a gritos –y obtienen del Estado– ayudas millonarias se aprovechan de la crisis para despedir a mansalva y reducir costos. Una actitud que, en el actual contexto de estampida del desempleo, enfurece. Por eso se multiplican las protestas sociales. Las turbulencias ya han causado la caída de los gobiernos de Bélgica, Islandia y Letonia. Se han registrado manifestaciones en Francia, con una huelga nacional el pasado 29 de enero, enfrentamientos violentos en la isla de Guadalupe y una nueva jornada nacional de acción prevista para el 19 de este mes. Los países más vulnerables, de la Unión Europea: Hungría, Bulgaria, Grecia, Letonia, Lituania... también han registrado protestas y disturbios más o menos violentos.

Para los ciudadanos, la desocupación es una de las peores formas de represión; una demostración en carne propia de la violencia del capitalismo como un instrumento de explotación y alienación. Por eso la rabia. Se avecinan tiempos sombríos. El concepto de crisis no alcanza a explicar el momento que estamos viviendo. Un cambio de era. Una mutación de valores. ¿Una esperanza de justicia y de progreso? ♦

REFERENCIAS

(1) Sami Nair, “¿Xenofobia o Europa social?”, El País, Madrid, 7-2-09.

(2) Le Monde, París, 28-1-09.

(3) Time Magazine, 4-2-09.


*DIRECTOR DE LE MONDE DIPLOMATIQUE, ESPAÑA.

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