Médico psiquiatra, ideólogo del Tercer Mundo, revolucionario consecuente, humanista, Frantz Fanon fue uno de los intelectuales que trabajó para el desarrollo de una conciencia negra sin caer en la trampa de una identidad única, inmutable y estereotipada, es decir, en la mística de las esencias. Hoy, cuando su Martinica natal está en ebullición, resulta oportuno evocar el pensamiento de quien afirmó que la liberación de los oprimidos no puede “ser el resultado de una operación mágica, de una conmoción natural o de un acuerdo amigable”.
Primero se produjo esta explosión en el cielo de la posguerra. En 1952 aparecía Piel negra, máscaras blancas (1), “interpretación psicoanalítica del problema racial”. Su introducción proclamaba: “No buscamos nada menos que liberar al hombre de color de sí mismo. Iremos muy lentamente, ya que existen dos bandos: el blanco y el negro”.
El autor, Frantz Fanon (1925-1961), fue a la vez médico psiquiatra, ensayista y militante político en el Frente de Liberación Nacional argelino (FLN), donde abrazó la causa independentista (2). Martiniqués, forma parte de esos intelectuales negros cuya importancia Francia aún se resiste a aceptar, en una historia que sin embargo es la de todos. Anticolonialista radical, sigue siendo un intelectual que es preferible ignorar, tildándolo de “profeta fracasado” (3). Sin embargo, este pensador, con una pluma profundamente literaria y retórica, puede contribuir a esclarecer no sólo nuestra historia sino también nuestros debates y reflexiones contemporáneos.
La temática de los “dos bandos” evocada por Fanon no es exclusiva de la oposición entre estos dos colores de piel, sino que se inscribe en la dupla más vasta de “opresores” y “oprimidos”. Para él, en efecto, “una sociedad es racista o no lo es”, y “el racismo colonial no difiere de los demás racismos”. Como cuando busca traducir una idea central y expresar su indignación, su prosa poética y retórica se pone en marcha. La liberación del “indígena” pasa por su rechazo al mundo de la prohibición, por la afirmación de su “yo” negada por el colonizador que sólo ve una masa informe y dócil: “El indígena es un ser acorralado, el apartheid no es sino una modalidad de la compartimentación del mundo colonial. Lo primero que aprende el indígena es a permanecer en su lugar, a no traspasar los límites. Por eso los sueños del indígena son sueños de proezas físicas, sueños de acción, sueños agresivos. Sueño que salto, que nado, que corro, que trepo. Sueño que río a carcajadas, que atravieso el río de una zancada, que me persiguen caravanas de autos que no me alcanzan jamás.
Durante la colonización, el colonizado no deja de liberarse entre las nueve de la noche y las seis de la mañana”. Mientras tanto, Paul Nizan escribía: “Hasta que los hombres no sean completos y libres, seguros sobre sus piernas y la tierra que las sostiene, soñarán durante la noche” (4). Opresión burguesa en 1933, opresión colonial en 1952.
El lenguaje racista
Piel negra, máscaras blancas nos conduce al universo impartido al negro, sistemáticamente condicionado por el blanco. Páginas apasionantes donde se hace sentir la herencia –a pesar de las divergencias– de los poetas y cantores de la negritud y del texto de Jean-Paul Sartre, “Orfeo negro” (5), a través de las relaciones léxicas, metafóricas y analíticas del cuerpo, de la mirada. Fanon llega lo más cerca posible del cuerpo, tal vez porque escribió “la primera versión de este libro (...) dictándolo, caminando de un lado a otro como un orador que improvisa; el ritmo del cuerpo en movimiento y la fuerza de la voz escanden el estilo” (6). Pero con Fanon la realidad precede a la metáfora: “(...) ante la primera mirada blanca, siente el peso de su melanina”. Siglos de esclavitud y colonización detuvieron la mirada induciendo una relación con el Otro de la que es difícil e incluso imposible librarse: “Cuando me aman, me dicen que es a pesar de mi color de piel. Cuando me odian, agregan que no es por mi color... Aquí o allá, soy prisionero del círculo infernal”.
El racismo se traduce también en el modo de nombrar al negro, quien sufre la connotación ancestral de su color, convertida en evidencia, cuasi esencia: “El negro, el oscuro, la sombra, las tinieblas, la noche, los laberintos de la tierra, las profundidades abisales, manchar la reputación de alguien. Del otro lado: la mirada clara de la inocencia, la paloma blanca de la paz, la luz mágica, paradisíaca”. El lenguaje no podrá expurgarse de estas connotaciones, por añadidura altamente religiosas: “El pecado es negro así como la virtud es blanca”. El análisis no es nuevo ni lo era entonces, pero, de una obra a la otra, Fanon va más lejos. Su último libro, Los condenados de la tierra (1961) (7), demuestra que la “compartimentación” de la sociedad racista y/o colonial genera necesariamente la producción de un lenguaje racista: “A veces ese maniqueísmo va hasta el final de su lógica y deshumaniza al colonizado”. En otras palabras, tal como lo denunciaba Sartre durante la guerra de Argelia (8), el sistema colonial lo convierte en un “subhombre”.
Fanon continúa: “Para hablar con propiedad, lo animaliza. (...) Se alude a los movimientos de reptil del amarillo, las emanaciones de la aldea indígena, las hordas, la peste, la proliferación, el bullicio, las gesticulaciones. (...) Esa demografía galopante, esas masas histéricas, esos rostros de los que ha desaparecido toda humanidad, esos cuerpos obesos que ya no se parecen a nada, esa cohorte sin cabeza ni cola, esos niños que parecen no pertenecer a nadie, esa pereza expuesta al sol, ese ritmo vegetal, todo eso forma parte del vocabulario colonial”. Cabe señalar que éste no ha desaparecido totalmente de nuestras latitudes, tal como lo recuerda la canción “El ruido y el olor” (1995) del grupo Zebda (9).
La “deshumanización” del indígena justifica el trato que se le inflige: “Disciplinar, adiestrar, someter y actualmente pacificar son los vocablos más utilizados por los colonialistas en los territorios ocupados”. La guerra de Argelia no es sino la continuidad paroxística de un sistema basado en la “fuerza” y el desprecio. Así, la introducción de El año V de la revolución argelina (1959) (10) señala que desde el comienzo de la guerra, “(el colonialismo francés) no ha retrocedido (...) ante ningún radicalismo, ni el del terror, ni el de la tortura”.
Mal cálculo: “Las represiones, lejos de vencer el impulso, acompañan el avance de la conciencia nacional”, analiza en Los condenados de la tierra. “Si, en efecto, mi vida tiene el mismo peso que la del colono, su mirada ya no me fulmina, ya no me inmoviliza, su voz no me petrifica. Ya no me turbo en su presencia. Prácticamente, lo molesto. No sólo su presencia ya no me afecta, sino que le preparo semejantes emboscadas que pronto no tendrá otra salida que huir.” La liberación física induce la pérdida del miedo, lanzarse con todas sus fuerzas al combate por la independencia.
¿En qué condiciones se librará este combate? Los condenados de la tierra postula que “(...) la descolonización es siempre un fenómeno violento”. Porque la violencia genera violencia, y cuando la del opresor invade la más mínima porción del territorio, es difícil resistir pacíficamente: “Cada estatua, la de Faidherbe o Lyautey, la de Bugeaud o la del sargento Blandan, todos estos conquistadores encaramados sobre el suelo colonial no dejan de significar una y la misma cosa: ‘Estamos aquí por la fuerza de las bayonetas...’. Es fácil completar la frase”.
Evidencia de la respuesta de los oprimidos. Lo que se considera además admirable cuando se trata de otros países bajo otros yugos... ¿Fanon justifica la violencia? No en todos sus movimientos. La introducción a El año V de la revolución argelina es clara: “(...) condenamos, con profundo pesar, a esos hermanos que se lanzaron a la acción con la brutalidad casi fisiológica que genera y alimenta una opresión secular”. Sin embargo, Fanon nos invita a una comprensión de la génesis de la violencia y a la única salida que les queda a los oprimidos para liberarse de ella. Su descripción de la “compartimentación” de la sociedad colonial con su “línea divisoria”, su “frontera (...) indicada por los cuarteles y los puestos policiales”, nos sumerge además en nuestro universo de seguridad que lejos de “pacificar” genera él mismo el “radicalismo” que pretende combatir.
Peligros del futuro
La clarividencia de Fanon se refleja también en su análisis del futuro del país descolonizado cada vez que una burguesía nacional “(in)auténtica” asciende al poder y no brinda al pueblo “el capital intelectual y técnico”. Basándose especialmente en el ejemplo de América Latina, advierte sobre el riesgo de transformación del país en “curas de placer para la burguesía occidental”. Analiza la propensión de esta burguesía “cínicamente burguesa” a romper la unidad nacional especulando con el “regionalismo”. Y concluye: “Esa lucha implacable que libran las etnias y las tribus, esa preocupación agresiva por ocupar los puestos que quedaron libres con la partida del extranjero generarán también competencias religiosas. (...) Asistiremos al enfrentamiento entre las dos grandes religiones reveladas: el islam y el catolicismo”. Fanon advierte incluso sobre el peligro de un partido único, utilizando el pasado para “adormecer” al pueblo, “pidiéndole que recuerde la época colonial y valore el inmenso camino recorrido”. ¿Cuántos países de África nos vienen a la mente? ¿Argelia, en la que Fanon, muerto en 1961, se comprometió como vocero del FLN?
En respuesta a la colonización, tampoco hay que enarbolar una supuesta cultura negra como único horizonte. Si existió “obligación histórica” para los “hombres de cultura africana de racializar sus reivindicaciones, de hablar más de cultura africana que de cultura nacional”, esto “los conducirá a un callejón sin salida”. Divergencia profunda con el Movimiento de la Negritud; voluntad de universalizar el combate y distinguir sus contornos. El credo fue lanzado en su primera obra, en una magnífica fórmula en la que los adeptos al comunitarismo podrían meditar: “No quiero alabar el pasado a costa de mi presente y de mi futuro”... Lo que no impide en ningún caso una reflexión sobre la historia del colonialismo, la cual, tal como lo recordaba en 1952, se basó en la de Europa. El colonialismo descansó en efecto en “valores” que deben repensarse: “(...) Si es en nombre de la inteligencia y la filosofía que se proclama la igualdad de los hombres, es también en su nombre que se decide su exterminación”.
En 1961, la condena se intensificaría con una vehemencia radical: “Abandonemos esta Europa que no deja de hablar del hombre mientras lo aniquila dondequiera que lo encuentra, en cada esquina de sus propias calles, en todos los rincones del mundo”. Enfrentemos con una luz saludable a esa Francia que, al mismo tiempo que se liberaba del nazismo y se reconstruía, masacraba en Sétif (mayo de 1945) o en Madagascar (marzo de 1947). Y que una vez terminada la batalla le volvió la espalda a sus compañeros de combate, tiradores senegaleses o marroquíes. Escuchemos a esa voz de hace más de cuarenta años machacar con su verdad incisiva, que podría incluso ser la nuestra: “Podemos hacer cualquier cosa hoy con la condición de no imitar a Europa, de no obsesionarnos por el deseo de alcanzar a Europa. Europa ha adquirido tal velocidad, loca y desordenada, que escapa a todo conductor, a toda razón, y que avanza con un vértigo espantoso hacia un abismo del que es mejor alejarse lo más pronto posible”.
Fanon sabe de qué Europa habla. Él, que supo rendir homenaje a los judíos de Argelia, a los franceses de aquí o allá que abrazaron la causa independentista. El gesto de Fanon es universal: “Yo, hombre de color, sólo quiero una cosa: que jamás el instrumento domine al hombre. Que cese para siempre la esclavización del hombre por el hombre... Es decir, de mí por otro”. ♦
REFERENCIAS
(1) Frantz Fanon, Piel negra, máscaras blancas, Schapire Editor, Buenos Aires, 1974.
(2) Fanon fue vocero del FLN a partir de junio de 1957. Desde 1953 fue director del Hospital Psiquiátrico de Blida-Joinville (Argelia).
(3) Véase Lothar Baier, Agone, N° 33, Marsella, abril de 2005.
(4) Paul Nizan, Antoine Bloyé (1933), Grasset, París, 2005.
(5) Jean-Paul Sartre, prefacio: “Orfeo negro”, en Léopold Sedar Senghor, Anthologie de la poésie nègre et malgache, Presses Universitaires de France, París, 1948.
(6) Alice Cherki, Frantz Fanon, portrait, Seuil, París, 2000.
(7) Editado por François Maspero con prefacio de Sartre y prohibido desde su publicación. Fanon, sabiéndose condenado por la leucemia, dictó cada una de sus páginas. Recibió un ejemplar del libro recién impreso, tres días antes de morir en un hospital de Estados Unidos. Fue enterrado según su propio deseo en una ciudad argelina liberada cerca de la frontera tunecina.
(8) “Jean-Paul Sartre et la guerre d’Algérie”, Le Monde diplomatique, París, noviembre de 2004.
(9) Inspirada en una declaración de Jacques Chirac sobre “el ruido y el olor” provocados por los inmigrantes.
(10) Publicado por Maspero. Los pasajes del último capítulo fueron publicados en Les Temps Modernes. La obra fue confiscada por atentar contra la seguridad del Estado. Actualmente disponible en Éditions de la Découverte, colección “[re]découverte”. La introducción, redactada a fines de julio de 1959, no figuraba en la primera edición.
*DIRECTORA DE LA REVISTA ADEN. PAUL NIZAN ET LES ANNÉES TRENTE, NANTES.










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