Los hombres más poderosos de la tierra

por por Jorge Bruce*
Notas al pie de la cama
por Jorge Bruce*

En una de esas típicas películas de Hollywood sobre la vida del presidente de los EEUU1, interpretada por Michael Douglas2 y Annette Bening, ella es una lobbyista que, en el trajín de su quehacer, se enamora con el mandatario. Como éste es viudo según el guión, finalmente llega la esperada escena de la cama, en el master bedroom3 –nunca mejor llamado– de la Casa Blanca. Cuando se están desvistiendo, él la previene, más o menos con estas palabras, que cito de memoria, a riesgo de que mi inconsciente haga de las suyas:

–Hay algo que quiero pedirte antes.

–¿Qué cosa? -pregunta ella, intrigada.

Stephen B. Whatley, (Londres 1965)Marlene Dietrich. Óleo. Colección Privada en el Reino Unido –Bueno -a él se le nota incómodo e inseguro- la verdad es que desde que murió mi esposa no me he acostado con otra mujer y… por favor, olvídate a partir de este momento de eso del hombre más poderoso de la tierra y todo lo que eso supone.

He usado esta escena en mis clases para hablar sobre sexo y poder, potencia e impotencia. Advertimos, pues, que nos estamos situando en los predios de la masculinidad. La psicoanalista Ethel Person, en un libro4 sobre las vicisitudes del poder personal, observa lo siguiente: “Dada la correlación entre placer sexual y poder, no es sorprendente que el fracaso de un hombre en lograr una erección se llame impotencia, lo que, por definición, significa una falta de poder. En la mujer, sin embargo, la incapacidad para ser excitada se llama frigidez. La palabra frigidez parece enfocarse más en el fracaso de una mujer para responder a un hombre que en la pérdida de su propio placer sexual. Frígida significa fría, no desempoderada; implica una acusación más que un diagnóstico.”5 La puesta en escena, entonces, tiene ese marcado sesgo de género: se trata de la eventual impotencia del hombre que encabeza la gran potencia nuclear de nuestra era. Uno podría suponer que para una mujer es extremadamente intimidante irse a la cama con semejante pedazo de varón, pero lo que se aprecia es el miedo de él y la ternura comprensiva de ella. Como diciendo: “relájate, no te preocupes por mis fantasías, go ahead!”. Si uno invirtiera la situación y fuera ella la asustada y él quien la tranquiliza, el momento perdería gracia y simpatía. Lo divertido, lo catártico es asistir a una situación en la que el Padre se despoja de su traje de omnipotencia y deja asomar sus temores más recónditos, ante la mirada dulce (pero ya dominante) de mamá.

¿Escribí “Padre”? ¿Escribí “mamá”? Se diría que hemos cambiado, en puntas de pie, de habitación. A veces pienso que la esencia del psicoanálisis consiste en una serie de notas a pie de página, redactadas en las letras más menudas del contrato. Remito pues al paciente (usted me entiende) lector a la segunda nota de este texto, donde dice: “La mención de la paternidad no es fortuita”. En vez de infligirle la previsible y tediosa alusión a la escena primaria6, voy a referirme a otro relato en el que también se difuminan los límites entre el sexo y el poder, entre el cine -es decir el sueño- y la realidad. En este caso se trata de un fragmento de los diarios de Kenneth Tynan, publicado por la revista The New Yorker, en el que se relata con magnífica indiscreción, en la entrada del 4 de abril de 1971, un quickie7 entre Marlene Dietrich y John F. Kennedy. A continuación traduzco libremente algunos pasajes relevantes de lo que, según Tynan, le contó la Dietrich:

“Ella había sido amiga, en los años treinta, del patriarca Joseph Kennedy, padre de John, Bob y Ted, y conocía a sus hijos desde chicos. Era el otoño de 1962 y se estaba presentando en un cabaret en Washington. Bob y Ted habían venido pero el presidente no iba a night-clubs, por supuesto, lo que la entristecía. Hasta que un día le llegó una invitación para tomar unos tragos en la Casa Blanca, ese sábado a las 6 p.m. Aceptó, a pesar de que debía estar a las siete en el hotel Statler, para una cena en su honor, por su ayuda a los refugiados judíos durante la guerra. Llegó a la cita a las seis y la recibió un agregado de prensa, quien la condujo al sanctasanctórum del Presidente. Había una botella de vino alemán helándose en un balde: –El presidente recordó que la última vez que cenaron juntos en Nueva York usted dijo que éste era su vino favorito–. Tras decir esto, el agregado le sirvió una copa y se retiró. El reloj marcaba las 6 y 15 cuando JFK entró, la saludó con un beso, se sirvió un poco de vino, la llevó al balcón y le habló de Lincoln. Después dijo: –Espero que no estés apurada–. Marlene explicó que, lamentablemente, 2000 judíos la esperaban para darle una placa a las 7pm y ya eran las 6 y 30. –Eso no nos deja mucho tiempo, ¿no?– dijo JFK, mirándola a los ojos. Marlene confiesa que le gustaba colgar cabelleras de hombres poderosos en su cinturón (el énfasis es mío). Así que le devuelve la mirada directa y responde: –No, Jack, supongo que no–. Entonces él cogió las copas y la guió por un corredor hasta el dormitorio presidencial. Luego, en palabras de MD: –Lo miré y ya se estaba desvistiendo. Tenía esa vieja de herida de guerra en la espalda así que tenía que sacarse la venda. Yo ya estoy vieja, y pensé: me encanta la idea de acostarme con el Presidente, ¡pero ni de a vainas voy arriba!–.

Pero parece que todo salió bien: JFK fue arriba y todo terminó bonito y muy pronto. MD continúa:

Luego se quedó dormido. Miré mi reloj y ya eran diez para las siete. Me vestí y lo sacudí, porque no conocía el sitio y no podía simplemente pedir un taxi a la Casa Blanca. Dije: –Jack, despierta, ¡2000 judíos me están esperando, por el amor de Dios!– Así que se enrolló una toalla en la cintura y me acompañó por su corredor privado hasta el ascensor. Semidesnudo con su toalla, sin vergüenza alguna, como si esto fuera cosa de todos los días, lo que probablemente era en su vida, le ordenó al ascensorista que consiguiera un auto para llevarme de inmediato al Statler. Cuando estaba entrando al ascensor, dijo: –Hay una cosa que me gustaría saber–. –¿Qué cosa, Jack?- dije. –¿Alguna vez lo hiciste con mi padre?– preguntó. –No, Jack– respondí, y era verdad. –Bueno– dijo, –ese es un lugar en donde yo entré primero–. Luego la puerta del ascensor se cerró y nunca más lo volví a ver.”

Al releer este segundo episodio erótico-presidencial, recuerdo a Marx y a Clinton. Cabe aclarar que me refiero a Karl y Bill, no a Groucho y Hillary. Pienso en El 18 de Brumario de Luis Napoleón Bonaparte, cuando Marx escribe la conocida frase acerca de las repeticiones de la historia, una como tragedia y otra como farsa. Algunos períodos después de la muerte de Kennedy, llega a la Casa Blanca el marido de la fallida candidata a la postulación demócrata. La farsa, se entiende, reside en la caricatura de poderoso mujeriego que, sin proponérselo, Bill –durante cuyo gobierno se filmó la película citada- hace de John. Mientras que éste tiene aventuras sin ser descubierto con mujeres icónicas de la talla de la Dietrich o Marilyn Monroe, aquel se enreda en el penoso affaire que casi le cuesta el impeachment, no con una diva de ensueño sino con Monica Lewinsky, una becaria de la Casa Blanca, de aspecto ordinario. Aunque eso es revelador, no es el punto. Si bien el episodio entre el presidente asesinado y la legendaria actriz europea, a diferencia del fílmico, pretende no ser ficción, su yuxtaposición permite esclarecer precisamente un punto central del imaginario masculino, en lo que respecta a la relación entre el sexo y el poder. En buena cuenta, el poder permite entrar a una serie de lugares, como dice, con una metáfora poco elegante, JFK, según MD, según Kenneth Tynan. Y, tal como lo confiesa la propia MD, el poder masculino es un potente –valga la redundancia- afrodisíaco para las mujeres. En cambio es sabido que, para los hombres, el poder femenino puede resultar desalentador, por no decir demoledor.

No, no es fortuita la mención de la paternidad, tal como lo demuestran los casos de los Douglas, Kennedy y Bush8. Los tres hijos tuvieron padres con imágenes grandiosas y crecieron rodeados de privilegios, en los sectores más exclusivos de la sociedad norteamericana. En cambio Clinton tuvo un padre alcohólico que lo abandonó y una infancia pobre y desdichada. Si bien es imperativo reconocerle una resiliencia extraordinaria para haber llegado tan lejos con un entorno tan desfavorable, está claro que el escándalo Lewinsky, también llamado en son de farsa (otra repetición) el Monicagate, expuso ante la mirada pública no solo la intimidad del presidente y la becaria, sino las fallas en el carácter del hombre más poderoso de la tierra. La Lewinsky, quien se las ingenió para sobrevivir al implacable asedio de los medios, evidenciando su propia resiliencia, publicó un libro con su versión de lo sucedido –en particular ese “histórico” sexo oral– e incluso llegó a tener su propio reality show, irónicamente llamado Mr. Personality. En los EEUU, la celebridad mediática, así esté cubierta de oprobio y ridículo, siempre se convierte en poder9. No es difícil inferir que de ahí a la seducción hay un paso. El asunto es lo que ocurre después, cuando caen las máscaras.

Comentarios

Entrevista solicitada,cancelada y ya no volvistes a llamar mas

Estimado Harold
Tras haber pasado algunas semanas sin que me volvieras a llamar como me prometistes,siento curiosidad de saber lo que deseabas pues ya me aclarastes que no era para mudaros
Abrazos y dejame saber
Abrazos
Felipe