Delicado equilibrio para la cooperación en la Antártida
En el marco del Año Polar Internacional (marzo de 2007 a marzo de 2009), que busca impulsar la investigación científica en los polos, el pasado mes de junio se llevó a cabo en Kiev (Ucrania) la XXXI Reunión Consultiva del Tratado Antártico, un instrumento único en el mundo, acordado en plena Guerra Fría, que establece un mecanismo de cooperación para la paz, la investigación científica y la conservación del medio ambiente en la administración del “sexto continente”. Argentina es parte original de este acuerdo, que podría verse amenazado por los reclamos irresueltos de soberanía, la demanda creciente de recursos naturales, los efectos del calentamiento global y el aumento de actividad humana.
Existe un continente sin fronteras, que no sabe de guerras. Un continente a contracorriente de la Historia, dedicado a la paz, la cooperación científica y la protección del medio ambiente. Un continente blanco, prístino, con condiciones de vida lunar sobre la tierra, o mejor dicho, el hielo. Al menos por ahora...
Antártida, el sexto continente mundial, que emerge más allá de los 60º de latitud sur, abarca una superficie aproximada de 14.000.000 de km2, de los cuales menos del 1% se encuentra libre de hielo, una masa que en su sector oriental puede alcanzar profundidades mayores a los 4.000 metros, y que guarda la llave de muchos interrogantes sobre la formación y evolución del planeta Tierra.
No sin razones, aun cuando Aristóteles especulara con la existencia de las Antípodas y Ptolomeo se refiriera a una terra australis incognita, la Antártida permaneció ausente de los mapas hasta bien entrado el siglo XIX. Sus intensos vientos y temperaturas extremas –una media anual de -50ºC en la meseta polar y de -5ºC en las zonas costeras– mantuvieron a exploradores y cazadores de pieles alejados de sus costas hasta fines del siglo XVIII, aunque nada de eso impidió al papa Alejandro VI, a fines del siglo XV, conceder al reino de España esos territorios aún desconocidos.
A la conquista del Polo
Fueron los intereses imperiales y económicos los que empujaron la exploración. Las expediciones en búsqueda de nuevas rutas de navegación y comercialización y los buques foqueros y balleneros, que a medida que diezmaban sus presas en territorios patagónicos y fueguinos las perseguían cada vez más al sur, regresaban al puerto de Buenos Aires con indicios de esa tierra lejana, lo que acabó permitiendo cartografiar todas las islas subantárticas hacia fines del siglo XVIII. El capitán inglés James Cooke, al mando de las naves Resolution y Adventure, sería el primero en cruzar el círculo polar, al alcanzar a principios de 1773 los 71º 10’ S. Cooke regresaría convencido de la existencia de tierras de las que debían desprenderse los témpanos que le impedían proseguir su navegación (1).
Pero recién en la década de 1820 se producirían los primeros arribos a las costas antárticas, y sería la ciencia la que dispararía una carrera heroica por la conquista del Polo Sur. En 1835, el físico alemán Johann K. Gauss predijo la situación del polo sur magnético, lo que desató las expediciones francesa, a cargo de Jules S.C. Dumont D’Urville; estadounidense, comandada por Charles Wilkes, y británica, al mando de James Clark Ross, que dieron inicio a la cartografía moderna de la Antártida. Ya para fines de siglo quedaría demostrada la capacidad humana de resistir los crudos inviernos australes.
El creciente interés por la exploración del continente derivaría en 1899, en el Congreso Internacional de Geografía de Berlín, en la proclamación de un Año Antártico (del 1 de octubre de 1901 hasta el 31 de marzo de 1903), que ayudaría a profundizar sensiblemente el conocimiento en la materia. En 1904, la República Argentina establecería en las islas Orcadas la primera estación científica permanente, la única hasta 1943 (Aimar, pág. 29) y se iniciarían discusiones territoriales con Chile. El Reino Unido se sumó de inmediato, en 1908, al reclamar soberanía sobre una importante porción del continente antártico. Para variar, el reclamo británico debió ser posteriormente modificado, debido a que incluía partes de América del Sur.
La competencia extrema, combinación de expedición científica, épica deportiva y conquista nacional, que haría del noruego Roald Admunsen el primer hombre en alcanzar el polo sur geográfico, el 14 de diciembre de 1911, sólo 33 días antes de la llegada del equipo británico al mando de Robert Falcon Scott, cuyos integrantes perecieron trágicamente en el camino de regreso, marcaría el fin de una era. Los avances tecnológicos y científicos producto de la Primera Guerra Mundial facilitarían las expediciones al continente, al tiempo que las luchas estratégicas del período de entreguerras impulsarían las disputas por la soberanía.
Al reclamo del Reino Unido se sumarían la cesión de territorios por parte de ese mismo país a Nueva Zelanda (1924); los reclamos de Francia (1924); Australia (1933); Noruega (1939) –anticipándose a un reclamo similar por parte de Alemania, cuyas pretensiones, al igual que las de Japón, serían desconocidas tras la Segunda Guerra Mundial– y finalmente Chile (1940) y Argentina (1942). Las dos naciones sudamericanas, a pesar de pretender porciones de territorio superpuestas, reconocieron mutuamente sus derechos en marzo de 1948, por medio de la Declaración La Rosa-Vergara Donoso, al tiempo que ratificaban su rechazo a las demandas británicas.