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Rusia resurge

por Serge Halimi*
Serge Halimi*

La contundente respuesta militar rusa al ataque georgiano en la provincia separatista de Osetia del Sur (Radvanyi, pág. 24) simboliza el regreso de Rusia a los primeros planos de la política mundial. La intención de Estados Unidos de contener sus aspiraciones mediante las “revoluciones de colores”, la ampliación de la OTAN hacia su esfera de influencia y la instalación de misiles de defensa en territorio polaco, chocó en Georgia, vía de acceso privilegiado al petróleo del mar Caspio y de Asia Central, con el resurgimiento de una potencia.

La cuestión de la responsabilidad del conflicto en el Cáucaso no nos atormentó durante mucho tiempo. Menos de una semana después del ataque georgiano, dos comentaristas franceses, especialistas en todo, la consideraron “obsoleta”. Un neoconservador estadounidense influyente les había dado el tono. Saber quién empezó “importa poco”, afirmó tajante Robert Kagan, pues “si Mikhail Saakachvili no hubiera caído en la trampa de Vladimir Putin esta vez, el conflicto hubiera sido desencadenado de otra manera” (1). Una hipótesis bien vale otra: ¿si la iniciativa de una operación armada, el mismo día de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, hubiera sido responsabilidad de otro que no fuera el joven políglota Saakachvili, egresado de la Columbia Law School de Nueva York, hubieran contenido su indignación las capitales occidentales y sus medios de comunicación ante un acto tan profundamente simbólico?

Cuando los buenos y los malos roles se asignan por anticipado, la historia es más fácil de entender. Los buenos, como Georgia, tienen el deber de defender su integridad territorial de las artimañas separatistas urdidas por sus vecinos; los malos, como Serbia, debían consentir la autodeterminación de sus minorías, y en caso de negativa sufrir los bombardeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El cuento moral resulta aun más edificante cuando, para defender la integridad de su país, el buen Presidente pro-estadounidense hace repatriar una parte de los dos mil soldados que había enviado... a invadir Irak.

Una carta estratégica

El pasado 16 de agosto, el presidente estadounidense George W. Bush invocó con gravedad las “resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas”, al igual que la “independencia, la soberanía y la integridad territorial” de Georgia, cuyas “fronteras deben gozar del mismo respeto que las de las otras naciones”. En consecuencia, sólo Estados Unidos tendría el derecho de actuar unilateralmente cuando estima (o pretende) que su seguridad está en peligro. En realidad, la serie de acontecimientos obedece a una lógica más simple: Washington apuesta a Georgia (y recíprocamente) para contrarrestar a Rusia; y Moscú apuesta a Osetia del Sur, y también a Abjazia, para “castigar” a Georgia.

Ya en 1992 dos informes del Pentágono buscaban prevenir el eventual resurgimiento de una potencia rusa por entonces en ruinas. Para perpetuar la hegemonía de Estados Unidos, nacida el mismo año de su victoria en la guerra del Golfo y del desmembramiento del bloque soviético, era importante –según indicaban esos informes– “convencer a eventuales rivales que no necesitan aspirar a jugar un papel más importante”. A falta de convencerlos, Washington sabría “disuadirlos”. ¿El blanco principal de esas prevenciones? Rusia, “única potencia mundial capaz de destruir a Estados Unidos” (2).

¿Se puede entonces reprochar a los dirigentes rusos el haber percibido la ayuda occidental a las “revoluciones de colores” en Ucrania y en Georgia, o la adhesión a la OTAN de sus antiguos aliados del Pacto de Varsovia, o la próxima instalación de misiles estadounidenses en territorio polaco, como elementos de esa vieja estrategia destinada a debilitar a su país, independientemente de cuál sea su régimen o sus políticas? “Rusia se ha convertido en una gran potencia, y eso es lo que inquieta”, admitió incluso Bernard Kouchner, ministro de Relaciones Exteriores de Francia (3).

Zbigniew Brzezinski, que en 1980 fuera el arquitecto de la peligrosísima estrategia afgana de Washington (apoyar militarmente a los islamistas para derrotar a los comunistas...), detalló el otro aspecto de los objetivos estadounidenses: “Georgia nos abre el acceso al petróleo y próximamente también al gas de Azerbaiján, del mar Caspio y de Asia Central. Por lo tanto, es para nosotros una carta estratégica mayor” (4). Brzezinski no puede ser sospechado de versatilidad: incluso cuando Rusia agonizaba, en la época de Boris Yeltsin, quería expulsarla del Cáucaso y de Asia Central, para garantizar el suministro energético de Occidente (5).
Desde entonces, a Rusia le va mejor, a Estados Unidos peor, y el petróleo vale más caro. Víctima de las provocaciones de su Presidente, Georgia acaba de sufrir el choque de esas tres dinámicas. ♦

REFERENCIAS

(1) Respectivamente, Bernard-Henri Lévy y André Glucksmann, “El Cáucaso, el mayor desafío para Europa”, La Nación, Buenos Aires, 14-8-08, y Robert Kagan, The Washington Post, 11-8-08.

(2) Paul-Marie de La Gorce, “Washington et la maîtrise du monde”, Le Monde diplomatique, París, abril de 1992.

(3) Entrevista en Le Journal du dimanche, París, 17-8-08.

(4) Bloomberg News, 12-8-08.

(5) Zbigniew Brzezinski, El gran tablero mundial, Paidós, Barcelona, 1998.


*DIRECTOR DE LE MONDE DIPLOMATIQUE, PARÍS.

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