La amplitud y la profundidad de la crisis han reactivado el debate sobre el proteccionismo. Un debate sensible, a juzgar por la virulencia de los defensores del librecambio, transformado en fetiche. Intencionalmente o por ignorancia, el proteccionismo aparece como un verdadero tabú; la única solución sería la permanente deflación de los salarios. El rechazo a identificar el librecambio como la causa de la crisis muestra que sus partidarios han abandonado el universo de la reflexión para entrar en el del pensamiento mágico.

Esta crisis tiene la apariencia de una crisis financiera, surgida de la imprudencia de los bancos y de los banqueros, de la avidez de los traders (corredores de Bolsa) irresponsables y, para aquellos que pretenden ser más lúcidos, de la ausencia de regulaciones. En realidad, el rápido aumento del endeudamiento y de la insolvencia de los hogares es la traducción financiera de la deflación salarial; es decir de la caída de la proporción de los salarios en el reparto de la riqueza, inducida por la presión que ejerce el librecambio, tanto a través de los productos importados como de la posibilidad de deslocalizar la producción.
El librecambio entraña un doble efecto depresivo: directo sobre los salarios, e indirecto por medio de la competencia fiscal que hace posible. En efecto, para preservar el empleo, los gobiernos de los países donde las empresas están sometidas directamente a la competencia de la producción a bajo costo y con débil protección social tratan de preservar el nivel de las ganancias en su territorio (condición necesaria para evitar las deslocalizaciones), transfiriendo las cargas sociales de las empresas hacia los trabajadores. A la presión sobre los salarios se agrega una fiscalidad más injusta y una reducción de las prestaciones sociales (el salario indirecto). Esto incide en el ingreso de la mayoría de los hogares, que sólo pueden mantener su nivel de consumo recurriendo de manera creciente al endeudamiento, justo en un momento en que se hacen más frágiles sus recursos financieros.
En el núcleo de la crisis no se encuentran entonces los bancos, cuyos desórdenes no son más que un síntoma, sino el librecambio, cuyos efectos se combinaron con los que produjeron las finanzas liberalizadas.
Menos salarios, más deudas
En Estados Unidos, la proporción de la remuneración del trabajo en el ingreso nacional cayó a 51,6% en 2006 –su punto histórico más bajo desde 1929– contra el 54,9% en 2000 (1). Durante el período 2000-2007 el crecimiento del salario real promedio (2) fue de sólo 0,1%, mientras que el ingreso del hogar mediano bajó un 0,3% anual en términos reales. La reducción fue más fuerte para los hogares más pobres. En el mismo período, el ingreso del primer quintil bajó un 0,7% anual (3). Desde el año 2000, el aumento del salario horario ya no se corresponde con los incrementos de productividad.
El librecambio también impulsa a los gobiernos a transferir el financiamiento de las prestaciones sociales desde las empresas hacia los asalariados. Desde 2000 a 2007, el costo de los seguros de salud, así como el de los gastos de educación en Estados Unidos aumentaron muchísimo: 68% y 46% respectivamente (4), mientras que la proporción de habitantes sin cobertura social pasó del 13,9% al 15,6% (5). Incluso el estadounidense Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, debió reconocer que la deflación salarial importada por vía del librecambio tuvo un papel importante en este proceso, luego de haber pretendido durante mucho tiempo que “la globalización no era culpable” (6). En estas condiciones, no resulta sorprendente que el endeudamiento de los hogares estadounidenses haya explotado: en 1998 representaba el 63% del PBI de los Estados Unidos; en 2007 el 100%.
El fenómeno también existe en Europa, donde en la zona euro se combina con la política del Banco Central Europeo (BCE), que agrega su peso a las fuerzas depresivas importadas. Algunos países siguieron el modelo estadounidense, como España, Irlanda y el Reino Unido, donde se asiste a un empobrecimiento relativo, y a veces absoluto, de la población (7). La deflación salarial importada produjo en esos países una explosión del endeudamiento de los hogares que, al superar en 2007 el 100% del PBI, generó un fenómeno de insolvencia comparable al de Estados Unidos.
Incluso en países relativamente alejados del modelo estadounidense, la deflación salarial resulta manifiesta. Alemania ha llevado a cabo una política de deslocalización masiva de la subcontratación. Así se ha pasado, gracias a la apertura de la Unión Europea (UE) hacia los países de Europa Central y del Este, de la lógica del made in Germany a la del made by Germany. Al mismo tiempo, el gobierno alemán transfirió hacia los hogares (por la vía del IVA) una parte de las cargas que pesaban sobre las empresas. Esta estrategia permitió un fuerte excedente comercial, en detrimento de sus socios de la zona euro, hacia los cuales Alemania reexporta la deflación salarial, aunque al precio de un crecimiento débil a causa de una demanda interna deprimida, a pesar del inquietante crecimiento del endeudamiento de los hogares (68% del PBI).
En Francia, los últimos gobiernos trataron de reaccionar ante la globalización mediante políticas llamadas de “reformas estructurales”. Al alargar la duración global del trabajo y poner en cuestión las prestaciones sociales, esas reformas no hicieron más que afirmar los efectos de la deflación salarial importada. Como lo constata el Centro de Investigación para el Estudio y la Observación de las Condiciones de Vida (Credoc): “La situación de las clases medias se parece más a la de quienes tienen bajos ingresos que a los que tienen ingresos altos” (8).
La forma más espectacular de esta política se encuentra en las deslocalizaciones hacia países de bajo costo salarial y débiles regulaciones sociales y ecológicas. Pero el chantaje al empleo, ejercido sobre los trabajadores y sus sindicatos para que renuncien a las conquistas sociales y al aumento de los salarios, constituye su forma más importante.
Chantaje al empleo
Los directivos de las empresas utilizan la amenaza de la deslocalización para cuestionar acuerdos y regulaciones sociales anteriores. Esto tiene consecuencias importantes sobre la situación sanitaria de los trabajadores, como ocurre con el incremento de las patologías inducidas por el estrés en el trabajo, que resulta de esta presión (9). Si esas patologías tienen un costo médico del 3% del PBI, como lo indican los estudios epidemiológicos globales (10), el vínculo entre las lógicas de la deflación salarial y el deterioro de las cuentas sociales en Francia y en los principales países europeos queda bien establecido. Ahora bien, esta deriva (o lo que aparece como tal) de las cuentas sociales ha servido de pretexto a los diferentes gobiernos y, en último término, al de François Fillon, para cuestionar algunos derechos, transfiriendo así los costos a los trabajadores.
Entonces, las “reformas estructurales” contribuyen, directa e indirectamente, a crear las condiciones para la insolvencia de la gran mayoría de los hogares. Esta insolvencia se encuentra en el centro de la crisis de endeudamiento hipotecario que se ha visto en Estados Unidos, en el Reino Unido y en España. En otros países se traduce en una fragilidad creciente de las familias y en una mayor importancia de la cuestión del “poder de compra”. Incluso en Francia, donde los bancos fueron mucho más prudentes, el endeudamiento de los hogares, que había sido estable hasta 2000, aumentó brutalmente en 2007 desde el 34% del PBI al 47,6%. La emergencia, desde hace una decena de años, del fenómeno de los “trabajadores pobres” a ambos lados del Rin está directamente vinculada con estas políticas.
La deflación salarial tiene su origen en las políticas predadoras llevadas a cabo, en materia de comercio internacional, por los países de Extremo Oriente desde 1998-2000, mediante el librecambio generalizado, impulsado por la Organización Mundial del Comercio (OMC). Sin embargo, estas políticas provienen, antes que nada, de las reacciones al shock que representó la crisis financiera de 1997-1998. Fue el caso de China, que a causa de la incuria e incompetencia del Fondo Monetario Internacional (FMI) debió absorber una buena parte del shock de la crisis asiática, permitiendo que sus vecinos reconstituyeran sus excedentes comerciales y financieros en detrimento suyo.
China y sus vecinos consideraron que la posible repetición de semejante crisis imponía la constitución de importantes reservas cambiarias. Así se vieron llevados a desarrollar políticas agresivas en el comercio internacional, que implementaron mediante devaluaciones muy fuertes, políticas de deflación competitiva y limitando su consumo interno. Estas medidas impulsaron a la baja la participación de los salarios en los países desarrollados. También revelaron ser de una temible eficacia, si se juzga por la enorme acumulación de reservas cambiarias realizada en los países emergentes del Extremo Oriente. China sola acumula 1,884 billón (1.884.000.000.000) de dólares (11).
La economía china persigue desde hace treinta años una rápida recuperación técnica. Al mismo tiempo, el costo salarial, directo e indirecto, no cambia. El aumento en la calidad de sus exportaciones amenazará, más o menos pronto, a la totalidad de los empleos industriales. El Índice de Similitud, que mide la semejanza entre las exportaciones de un país con las de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), aumenta en China constantemente, y también en otros países emergentes (12). Con lo que se derrumba el mito de una especialización internacional en la cual estos países se concentrarían en productos simples, mientras los países desarrollados mantendrían el dominio sobre los productos sofisticados.
La deflación salarial importada también se ha instalado en la UE, facilitada por su ampliación, dadas las estrategias de los nuevos miembros. Países como la República Checa, Eslovaquia, Rumania y, en menor medida, Hungría y Polonia, han jugado deliberadamente con el dumping fiscal, con un tipo de cambio ventajoso, cargas sociales reducidas y derogaciones obtenidas en la aplicación de las reglamentaciones ecológicas, con el objeto de atraer inversiones de deslocalización. Teniendo en cuenta el tamaño de estos países, es evidente que los inversores no vienen por su mercado interno, sino para aprovecharlos como plataforma de reexportación hacia los países del centro histórico de la UE (13).
Débiles y poderosos
En cuanto a la idea de que esta deflación salarial es el precio a pagar para que otros países se desarrollen… nada es más inexacto. El impacto del librecambio implementado por la OMC en los países más pobres ha sido notablemente negativo. Aunque los primeros resultados publicados en 2003 anunciaban beneficios del orden de los 800.000 millones de dólares, cada revisión llevó a una fuerte caída de esas estimaciones (14). En realidad, los modelos utilizados están concebidos, voluntariamente o no, para maximizar los efectos positivos de la liberalización de los intercambios. Se caracterizan por no tomar en cuenta las pérdidas de ingresos generadas por el fin de las barreras tarifarias (15), que están muy lejos de ser despreciables. Debe agregarse que el Banco Mundial (BM) y la OMC incluyen a China entre los países llamados “pobres”, lo que es muy discutible. El tema es que si se la retira de ese grupo, entonces el resultado es negativo cualquiera sea la metodología que se utilice en el cálculo (16).
La pérdida de ingresos de los trabajadores de los países desarrollados no va hacia los países emergentes, sino que sirve para enriquecer todavía más a una estrecha elite cuya fortuna literalmente explotó en los diez últimos años. En Estados Unidos, el 0,1% de los más ricos acumulaban el 7,5% del ingreso nacional en 2005, contra el 5% en 1995 y el 2,9% en 1985. El nivel de 2005 correspondía al de 1929 (7,6%). Las mismas causas engendran los mismos efectos. Aunque en un primer momento el crecimiento se acelera en los países beneficiarios de las inversiones de deslocalización, lo que éstos hacen en realidad es cortar la rama sobre la cual están sentados, con ayuda de las grandes empresas europeas y estadounidenses. Es que el empobrecimiento relativo e incluso absoluto de los trabajadores de los países desarrollados engendró la crisis actual, con una contracción brutal del consumo, que terminó penalizando a los países exportadores. En el juego del librecambio, de las deslocalizaciones y de la deflación salarial nadie resulta ganador, salvo aquellos que se han embolsado las ganancias y han sabido preservarlas en lugares seguros.
Sin embargo, existe un segundo mito, utilizado para tratar de desacreditar el proteccionismo: las medidas tomadas después de la crisis de 1929 la habrían agravado, provocando un derrumbe del comercio internacional (17). En realidad, los factores determinantes fueron la inestabilidad monetaria, el incremento de los costos del transporte y la contracción de la liquidez internacional (ver recuadro en esta página). Los partidarios del librecambio siempre olvidan mencionar la conversión de John Maynard Keynes, que al principio de los años ’20 fue un resuelto partidario del librecambio, pero a partir de 1933 lo fue del proteccionismo (18). Keynes no cambió esta posición hasta su muerte en 1946 y sus proyectos de reorganización del sistema monetario y comercial internacional le dedicaron un importante lugar al proteccionismo, al mismo tiempo que condenaba la autarquía.
Así, se impusieron medidas proteccionistas, que permiten modular los intercambios con el exterior, en contra de la autarquía, dirigida al repliegue sobre sí mismo. El proteccionismo es, incluso, la condición sine qua non de cualquier política de revalorización salarial que tienda a hacer más solventes a los hogares y permita aumentar la demanda. Aumentar los salarios sin afectar el librecambio es una hipocresía o una estupidez. Por otra parte, sólo el proteccionismo puede detener la espiral de políticas de bajos costos fiscales y sociales que se ha instalado hoy en Europa.
Un retorno inevitable
Ciertamente se puede objetar que la instauración del proteccionismo no modificará mecánicamente el comportamiento de las empresas. Los dueños de empresas, una vez que se ven mejor protegidos de la competencia externa, pueden tratar de mantener su ventaja. Pero habrán perdido su principal pretexto. A causa de la presión de las producciones de bajo costo, tanto en Francia como en los principales países desarrollados no existe hoy otra opción que la deflación salarial (directa o indirecta, a través de la transferencia de cargas hacia los trabajadores) o la deslocalización y el desempleo. Al sacar de las manos de los dueños de las empresas ese argumento, se vuelve a dar a los trabajadores una posibilidad de imponer, con sus luchas, un mejor reparto de la riqueza producida. El proteccionismo no es una panacea –no hay ninguna en la economía– sino una condición necesaria.
Su propósito debe ser claramente precisado. No se trata de incrementar aún más las ganancias, sino de preservar y extender las conquistas sociales y ecológicas. No se trata de penalizar a todos los países que practican bajos salarios, sino a aquellos cuya productividad converge hacia nuestros niveles y que no implementan políticas sociales y ecológicas igualmente convergentes. En resumen, se trata de impedir que el comercio mundial impulse a todo el mundo hacia abajo.
El marco de la UE es imperfecto para ese retorno. Aunque se impone el restablecimiento de una importante tarifa comunitaria, está claro que el actual espacio económico europeo es tan heterogéneo que hace posible que prosperen políticas de dumping fiscal, social y ecológico. Además de una tarifa comunitaria, conviene pensar en volver a los montos compensatorios monetarios (19) vigentes en los años ’60. Esos impuestos, provisorios, estarán dirigidos a compensar las diferencias de tipo de cambio, y también de normas sociales y ecológicas entre los países de la zona euro y los demás miembros de la UE. Semejante cambio supone un conflicto en el seno de la Unión. Aunque la implementación de medidas coordinadas sea, a un cierto plazo, la mejor solución, sólo la amenaza de medidas unilaterales por parte de Francia puede imponer la apertura del debate, que terminará con la implementación de círculos concéntricos que permitan, en el seno de la Unión, respetar las diferencias estructurales existentes entre los países miembros.
Los montos provenientes de esta tarifa comunitaria deberían ser compartidos entre la alimentación de un Fondo Social Europeo y ayudas con un objetivo determinado para los países externos a la Unión que se comprometan, en el marco de acuerdos a mediano plazo, a mejorar su protección social y ecológica. La suma total de los montos compensatorios debería sustentar un Fondo de Convergencia Social y Ecológica (20) que beneficie a los países de la UE así incitados a realizar progresivamente esta doble convergencia. La alternativa al proteccionismo y a los montos compensatorios es simple: o bien aceptar que los otros nos impongan sus decisiones en materia social y ecológica, o bien imponer las nuestras. El librecambio signa así la muerte de la libertad de elección en los sistemas sociales y económicos.
Los repetidos fracasos de todos los intentos por construir una “Europa social”, la gran ilusión de los socialistas y ecologistas, o, muy simplemente, de lograr la armonización fiscal, lo muestran. Sin medidas capaces de penalizar las estrategias de dumping social, fiscal y ecológico, la ley del “costo mínimo” se impone. La combinación del librecambio y de la rigidez monetaria del euro hace necesaria, desde el punto de vista de los empresarios, la inmigración clandestina. El clandestino no está cubierto por el derecho social existente. La inmigración ilegal se convierte entonces en el equivalente de una devaluación de hecho y de un desmantelamiento de los derechos sociales, ante la presión de la competencia importada.
Digan lo que digan los gobiernos, el retorno al proteccionismo se hace inevitable. Lejos de ser un factor negativo, podría permitir una reconstrucción del mercado interno sobre bases estables, con una fuerte mejora de la solvencia, tanto de los hogares como de las empresas. Por eso, será un elemento importante de una salida duradera de la crisis actual, y debe constituirse, lo más rápido posible, en el punto central de un debate público sin fetiches ni tabúes. ♦
REFERENCIAS
(1) Departamento de Comercio de Estados Unidos. Véase también Aviva Aaron-Dine e Isaac Shapiro, “Share of National Income Going to Wages and Salaries at Record Low in 2006“, Center on Budget and Policies Priorities, Washington DC, 29-3-07.
(2) Valor del salario tal que la mitad de los asalariados gana menos que eso y la otra mitad más que eso. Congreso de Estados Unidos, Joint Economic Committee (JEC), Washington, 26-8-08.
(3) Census Bureau, Departamento de Comercio de EE.UU. Un quintil representa un 20% de la cantidad total de hogares.
(4) Congreso de Estados Unidos, Joint Economic Committee Memo, Washington DC, junio de 2008.
(5) Congreso de Estados Unidos, Joint Economic Committee, 26-8-08, www.jec.senate.gov
(6) Paul Krugman, “Trade and Inequality, revisited“, en Vox, 15-6-07, www.voxeu.org
(7) Mike Brewer, Alissa Goodman, Jonathan Shaw y Luke Sibieta, Poverty and Inequality in Britain 2006, Institute for Fiscal Studies, Londres, 2005.
(8) Régis Bigot, “Hauts revenus, bas revenus et ‘classes moyennes’. Une approche de l’évolution des conditions de vie en France depuis 25 ans”, Coloquio del Centro de Análisis Estratégico, París, 10-12-07.
(9) Véase Direction de l’animation de la recherche et des études sociales (Dares), “Efforts, risques et charge mentale au travail. Résultats des enquêtes Conditions de travail 1984, 1991, et 1998“, Les Dossiers de la Dares, N° 99, La Documentation française, París, 2000; Patrick Legeron, Le Stress au travail, Odile Jacob, París, 2001.
(10) Cifras para Suecia y Suiza, véase Isabelle Niedhammer, Marcel Goldberg (dir.), “Psychosocial factors at work and subsequent depressive symptoms in the Gazel cohort“, Scandinavian Journal of Work, Environment & Health, Vol. 24, N° 3, Helsinki, 1998. Para Francia, Sophie Bejean, Hélène Sultan-Taieb y Christian Trontin, “Conditions de travail et coût du stress: une évaluation économique“, Revue française des affaires sociales, N° 2, París, 2004.
(11) Reservas cambiarias al 31-8-08, según el FMI. Japón totaliza 1,2 billones de dólares y la eurozona 555.000 millones de euros.
(12) El índice de similitud de exportaciones con la OCDE pasó para China de 0,05 en 1972 a 0,21 en 2005; para Corea de 0,011 a 0,33; para México de 0,18 a 0,33; para Brasil de 0,15 a 0,20. Véase Peter K. Schott, “The relative sophistication of Chinese exports”, Economic Policy, N° 55, Londres, enero de 2008.
(13) En Rusia las inversiones están dirigidas principalmente al mercado interno; el país se ha protegido mediante tarifas aduaneras no despreciables.
(14) Frank Ackerman, “The Shrinking Gains from Trade: A Critical Assessment of Doha Round Projections“, Global Development and Environment Institute, documento de trabajo N° 05-01, Tufts University, Medford, octubre de 2005.
(15) D.K. Brown, A.V. Deardorff y R.M. Stern, “Computational Analysis of Multilateral Trade Liberalization in the Uruguay Round and Doha Development Round“, RSIE Discussion paper N° 489, Universidad de Michigan, Ann Arbor, MI, 2002. “Doha Round’s Development Impacts“, RIS Policy Briefs, N° 19, Nueva Delhi, noviembre de 2005.
(16) “Libre-échange, croissance et développement. Quelques mythes de l’économie vulgaire“, en Revue du Mauss, N° 30, La Découverte, París, 2º semestre de 2007.
(17) Charles P. Kindleberger, “Commercial Policy Between the Wars“, en Peter Mathias y Sidney Pollard, The Cambridge Economic History of Europe, Vol. 8, Cambridge University Press, 1989; y Harold James, The End of Globalization: Lessons from the Great Depression, Harvard University Press, Cambridge, 2001.
(18) John Maynard Keynes, “National Self-Sufficiency“, Yale Review, Vol. 22, N° 4, New Haven, 1933.
(19) En los años ’60 se instauraron impuestos o subsidios a nivel europeo para hacer converger los precios nacionales.
(20) Bernard Cassen, “Repensar el libre comercio“, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2000.
*DIRECTOR DE ESTUDIOS EN LA ESCUELA DE ALTOS ESTUDIOS EN CIENCIAS SOCIALES (EHESS), DIRECTOR DEL CENTRO DE ESTUDIOS DE LOS MODOS DE INDUSTRIALIZACIÓN (CEMI-EHESS), AMBOS EN PARÍS, Y AUTOR DE NOUVEAU XXIE SIÈCLE: DU SIÈCLE “AMÉRICAIN” AU RETOUR DES NATIONS, SEUIL, PARÍS, 2008.










Comentar este artículo