Una utopía realizable
Las torres fueron por mucho tiempo símbolo de una arquitectura megalómana que parecía casi enorgullecerse de su despilfarro de recursos naturales; hoy mutan. A partir de ahora, no se construyen bajo el liderazgo de un creador de nombre prestigioso sino gracias a equipos que utilizan sus conocimientos para minimizar el consumo de energía. Además, en combinación con una red de transporte público eficaz, los rascacielos pueden coadyuvar hoy a una planificación urbana más respetuosa con el medio ambiente y con la calidad de vida.
Después de un período de dudas en cuanto a su necesidad, vuelve a ser actual la construcción de edificios de gran altura. Desde el barrio de La Defensa (París) hasta Moscú, pasando por Dubai y China, se multiplican los proyectos. En Francia, teniendo en cuenta lo que se había erigido en el pasado, este retorno no se acepta unánimemente. Sin embargo, en el extranjero los proyectos de arquitectos que trabajan asistidos por equipos multidisciplinarios a los que se integran especialistas en energética permiten reflexionar sobre edificios muy económicos, incluso autónomos en cuanto a energía (en el sentido de producir en un promedio anual la energía que consumen). La venden y la toman de la red. Lejos de todo dogmatismo, esas torres de oficinas o vivienda implantadas en un denso contexto urbano que prioriza el transporte colectivo pueden presentar reales ventajas.
El barrio de La Defensa, al oeste de París, cuenta con unos cien inmuebles de oficinas de los cuales veintiocho tienen más de veinte pisos, que son otros tantos íconos de empresas exitosas. Dentro de poco se erigirán nuevas torres. Una será “un modelo de torre ecológica”, otra “prestará especial atención al desarrollo sustentable, en particular en materia de ahorro energético”; sin dejar de lado la que desea ser “una máquina ecológica con vida”.
Cualquiera sea el valor de esas consignas, ocultan otra realidad: antes de 2020 en ese barrio se destruirán de quince a veinte torres. Se finge olvidar que demoler íntegramente un edificio no es a priori sinónimo de intensa reflexión ecológica y que así se destruye lo que en la posguerra se veía como arquitectura permanente. En realidad, las construcciones de gran altura siguen ciclos económicos. Se erigen en caso de coyuntura favorable. Cuando el viento cambia de dirección, las oficinas se desocupan. Y eso sucede con mayor rapidez cuando mantener esas fachadas se torna costoso.
Pozos sin fondo
En cuanto a la energía, la mayoría de los rascacielos son pozos sin fondo. Implican ascensores, bombas para subir el agua a los pisos y sobre todo utilizan la climatización para paliar el calentamiento que engendran las paredes de vidrio. En La Defensa los más célebres nombres de la arquitectura mundial prometen la perfección medioambiental. Pero como explica Christian Collin, presidente de Val-de-Marne Environnement y administrador de Île-de-France Environnement, “teniendo en cuenta los errores del pasado y que se eligen a (esos) arquitectos más por su nombre que por la calidad medioambiental de sus proyectos, las torres no tienen buena reputación entre el público”.
Frankfurt del Main (Alemania) es una ciudad donde existe una multitud de edificios altos, sedes de distintos bancos. “Esas empresas poseen los medios para permitirse tales construcciones”, explica con pragmatismo Werner Neumann, asesor en energía de la ciudad. A inicios de los años ’90 la municipalidad se planteó la cuestión de los consumos energéticos que originan los rascacielos. Por eso se señala con el dedo la torre Messeturm, construida en 1992, como el ejemplo de lo que ya no hay que hacer: se la edificó “al estilo estadounidense”, sin preocuparse por cuestiones energéticas. Verdadero pozo sin fondo financiero, su sistema de climatización y calefacción proporciona, tanto en verano como en invierno, veintiún grados. Pero el impacto del sol sobre su fachada de vidrio enteramente cerrada modifica esa apariencia de temperatura estable. En verano el sol recalienta los ventanales vidriados al punto que, en esos edificios, hay empleados que prefieren trabajar en el subsuelo.
Siempre a comienzos de los años ’90, Neumann se enteró de que el Kommerzbank proyectaba construir una torre. Contactó al arquitecto Norman Foster, y viendo que lo escuchaba con atención, lo puso en contacto con especialistas en energética suizos que estaban adelantados en el tema de las grandes alturas. Ellos explicaron cómo economizar el 30% de la energía.
Lo que hay, o no, que hacer
Foster erigió una torre de 259 metros de altura en forma de triángulo, cuya particularidad es estar equipada con una ventilación natural con sistemas de ventanas que se abren en todos los pisos (1). De hecho, el aire acondicionado sólo se enciende manualmente y la posibilidad de abrir las ventanas aumenta el confort (climático) de los ocupantes.
¿Pero qué consumen en realidad esos inmuebles de gran altura? “Es el secreto mejor guardado”, ironiza Neumann. Si bien es posible comparar las necesidades de calefacción, es más complejo analizar las de electricidad, ya que abarcan la iluminación, ventilación, climatización, informática y ofimática, máquinas dispensadoras de bebidas y golosinas… Tanto más que en algunas sedes bancarias los equipos se ocupan de ocho a diez horas por día y otros las veinticuatro horas, turnándose al ritmo de los husos horarios. Las facturas eléctricas también varían si el centro informático está en el edificio o ha sido tercerizado.
A fin de cuentas, el consumo puede variar de 1 a 3, es decir de 300 a 1.000 kilovatios/hora (kWh)/m2/año de energía final (2). Para construcciones muy virtuosas puede bajar a menos de unos cien kWh/m2/año en un contexto propio de los bancos, es decir con la eventual iluminación nocturna de algunas fachadas. Es el caso de la Post-Tower construida en Bonn en 2002 y que sólo consume 60 kWh/m2/año, incluida la iluminación (3). Este edificio, que fue construido teniendo incluso en cuenta los vientos predominantes, carece de climatización y es enfriado con las aguas del Rin. Durante el verano boreal de 2003, cuando afuera hacía 38º, en el interior el termómetro no superaba los 25º.
Inaugurada en 1998, la sede François Mitterrand de la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) en París es el arquetipo de la construcción que desde su inicio le dio la espalda a la cuestión energética. Este emplazamiento, proyectado por el arquitecto Dominique Perrault, está formado por cuatro torres en forma de sujetalibros y un jardín central, y ofrece 150.000 m2 de superficie utilizable (almacenamiento, recepción, salas de lectura, oficinas). En cada torre los siete primeros pisos están destinados a oficinas y los once superiores al almacenamiento de libros. Las salas de lectura y de recepción del público están semienterradas.
¿Pero el sentido común no hubiera indicado hacer a la inversa: poner los libros en subsuelos oscuros y frescos y a los lectores en lo alto para que aprovechasen la luz natural? El resultado es evidente: el emplazamiento se traga por año 54 gigavatios/hora (GWh) de electricidad y calor. En comparación, las necesidades municipales anuales de la ciudad de Montpellier (edificios comunales, alumbrado público y semáforos) son de 63 GWh.
Pequeño inventario a la manera de Prévert: la biblioteca tiene una climatización que funciona todo el año (4), sus ventanas no se abren, cuenta con ochenta y dos ascensores, kilómetros de estanterías móviles eléctricas que envían los libros a las cuatro torres, la posición central del jardín obliga a mantener 200 kilómetros de tuberías y canalizaciones que enlazan las cuatro construcciones (5)…
Incluso conservando su forma actual, este emplazamiento hubiera podido intentar una innovación cubriendo una parte de las superficies exteriores de paneles fotovoltaicos, lo que habría ofrecido sombra a los libros y producido una parte de las necesidades eléctricas, o refrigerándolo con el agua del río Sena que corre a sus pies. En la actualidad la dirección de la BNF intenta poner remedio a las brechas energéticas, pero el emplazamiento está tan mal pensado que sus esfuerzos tienen resultados limitados. Además, cualquier innovación debe estar aprobada por el autor de la obra arquitectónica.
De hecho, la realización de edificios compactos, sobrios en energía y en transporte motorizado individual, exige el trabajo en común de diferentes profesiones y cuestiona el individualismo de algunos. También exige la colaboración entre inversores y ocupantes. La mayoría de los responsables de torres no tienen la menor idea de los consumos de los inmuebles que construyen y administran, y trasladan estas cuestiones a los usuarios. Wilhem Stahl, ingeniero energético especialista en técnicas solares que trabaja en ese tipo de construcciones tanto en Europa como en Asia, así lo explica: “El trabajo de un arquitecto ya no consiste en hacer un buen diseño y dar órdenes para que se ejecute ese trabajo. Hoy en día es una obra colectiva en la cual las cuestiones energéticas tienen que ser tenidas en cuenta desde el comienzo”.♦
REFERENCIAS
(1) De hecho, la fachada comprende dos ventanas sucesivas, un sistema llamado de doble piel. La torre integra también nueve jardines que contribuyen a mejorar la calidad del aire interior. Son también áreas de descanso para los ocupantes del inmueble.
(2) Todos los consumos energéticos mencionados en este artículo se consideran en energía final, es decir la energía consumida y pagada por el usuario. Las cifras expresadas en energía primaria indicarían la cantidad de energía que proviene de la naturaleza (petróleo, gas, uranio, carbón, leña…) necesaria para producir la energía final. La diferencia entre la energía final y la primaria tiene en cuenta el rendimiento de las instalaciones que se necesitan para producir y distribuir electricidad o calor. Las cifras de consumo mencionadas comprenden calefacción, climatización, ventilación y agua caliente sanitaria.
(3) Actas del coloquio: “TRI 2008, Integrale Planung, energieeffizienter Architektu”, Bregenz, Austria, del 7 al 9 de febrero de 2008.
(4) Los libros tienen que conservarse a 18 grados y con un índice higrométrico que varía entre 55% y 65%. La técnica consiste en producir mucho frío que luego se recalienta. Pobre consuelo, el emplazamiento se calienta en sus dos tercios mediante la recuperación de calor en sus grupos refrigeradores que funcionan todo el año.
(5) En materia de transporte, la gran biblioteca propone a sus dos mil asalariados trescientos ochenta lugares para estacionar totalmente gratuitos, aun cuando existe un muy buen servicio de transporte colectivo (cifras: fuente BNF). También originó polémica la utilización de grandes cantidades de maderas exóticas para sus espacios exteriores.
*PERIODISTA.
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